Es uno de esos momentos en los que podría hacer muchas de esas cosas que habitan por el terreno de la obligación, pero he decidido adoptar una actitud desobediente y ponerme a escribir, porque a veces, lo primero es lo primero y es una absurda estupidez mirar hacia otro lado.
Hoy he tenido uno de esos encuentros amorosos que alimentan el alma, o como queramos nombrar a ese pedazo inmaterial que reside en algún lugar desconocido de nuestro interior. Uno de esos encuentros aderezados por los influjos del vermut, algunos pequeños placeres culinarios, las ganas de compartir, el “estar con…” y el proyectar ilusiones comunes.
Los detalles son lo de menos, pero ese sentir de “estar con…” ha sido lo más importante y es seguramente lo que más nos ha llenado y colmado placenteramente.
Esta sensación de plenitud y amor hacia estas personas, me ha llevado a reflexionar lo siguiente:
Tengo 43 años. Mis neuronas ya acumulan un número importante de experiencias y de recuerdos de todo tipo. Espero que aún tenga espacio y tiempo para muchos más, pero digamos que ya he podido llegar a algunas conclusiones,todas revisables y mutables, pero algunas ya empiezan a hacer músculo y conformar lo recio de su cuerpo.
Soy un hombre heterosexual. No quiero limitar mi vida con etiquetas y categorías cuadriculadas. Entiendo el género como una construcción social y la sexualidad como algo vivo que puede fluir hacia donde me apetezca o sienta en cada momento. Así mismo entiendo que es muy fácil sentirse adscrito dentro del género y la orientacion sexual predominante y normativa, pero tampoco voy a negar la evidencia respecto a cómo me siento, le pongamos o no etiquetas.
Mi subjetividad es la que es. Me siento hombre, me gusta serlo y estoy conforme con mi género biológico. Tengo desarrolladas todas las características sexuales secundarias masculinas. Ni con gran orgullo, ni haciendo gala, pero tampoco escondiéndolas. Simplemente soy así y me acepto. No ha sido más que una cuestión de probabilidades/casualidad, el hecho de que mis genes me ordenaran una determinada biología, que socialmente he acabado de conformar dentro de la etiqueta de “hombre”.
Asi mismo, me gustan las mujeres. Me atraen sexualmente. Es con las mujeres con las que me gusta entablar relaciones sexoafectivas y es con ellas con las que mi pensamiento fluye hacia lugares excitantes en mis momentos de soledad.
Dichas las pertinentes y casi redundantes explicaciones me remito a las palabras escritas en líneas anteriores: Soy un hombre heterosexual.
Y a pesar de las etiquetas con las que me he definido en este preambulo quiero decir, expresar y reivindicar lo siguiente:
Me encanta que el amor deambule por mis venas y que maree a mis neuronas, ya sea hacia una pareja sexoafectiva, un familiar o hacia algún amigo o amiga. Me encanta expresarlo y compartirlo. Me gusta cuidar a la gente que quiero, aunque a veces no lo haga bien o aunque a veces me equivoque, pero me gusta hacerlo.
Me gusta el contacto físico con mis amigos (varones). Despedirme con sentidos abrazos, besarnos al encontranos y tocarnos mientras compartimos un café, un vermut, una cena o lo que se tercie.
Me gusta (y necesito) hablar de mis intimas intimidades y de mis sentimientos con la personas que quiero; profundizar en ellos, intentar buscar soluciones a los sufrimientos propios y ajenos. Me gusta ayudar a un amigo o amiga cuando necesita ser escuchado. Me gusta ser el hombro y la oreja necesaria, de la misma forma que me gusta que lo sean conmigo.
Me encanta ir en busca del material poètico que me envuelve. Me gusta escribir poesía y me emociono con facilidad. No es que llore mucho, però a menudo resbalan lágrimas por mis mejillas, ya sea por las tristezas varias que me acompañan o por pura emoción.
Soy delicado en los besos, me encantan los preliminares sexuales y prefiero un decorado bien cuidado que un rápido “aquí te pillo, aquí te mato”.
Detrás de mi evidente forma y estética varonil, a veces siento que por dentro me acerco mucho más a la características “estereotipadas” que se atribuyen al género femenino y no me preocupa, todo lo contrario, lo acepto con orgullo, aunque a veces me cueste expresarlo o compartirlo en público.
Siento en mi interior, una intensa sensibilidad que a veces se transforma en material artístico y otras veces se convierte en una vulnerable fragilidad fàcilmente dañable des del exterior.
Me gusta reconocer y expresar que el amor fluye por mis relaciones y ponerle palabras a esos sentimientos que nos unen y que se convierten en bellos vínculos.
Me encanta dejarme conmover por bellezas de todo tipo. Uno de nuestros grandes logros tendría que ser que nuestra vida fuera bella en mayúsculas.
Me gusta que los sentimientos y las emociones encuentren las palabras adecuadas para ser dichas y que no pasen de largo, naufraguen por los superficial o simplemente se menosprecien por miedo a no saber dónde encontrarlas.
Me gusta estar en contacto conmigo mismo, con mis emociones; reflexionar y analizarme cuando lo necesito; dejarme pasar por la tristeza o las lágrimas cuando mi cuerpo me lo pide; navegar por mi soledad buscada para regarme por dentro. Necesito mis espacios propios e instrasferibles por el bien de mi salud mental.
Así mismo, haciendo gala de las contradicciones que nos definen como seres humanos y como seres únicos en el mundo, también me gusta sentirme “estereotipadamente varonil” de vez en cuando, notar el fluir de las endorfinas por mis venas fruto de esa energía “masculina” arrolladora, me gusta sentirme fuerte, competir en los deportes que practico y gozar del premio emocional de las victorias.
Me gusta navegar por esas dos corrientes energéticas tan diferentes, tan complementarias y que conforman la globalidad de mi persona.
Soy feminista y doy gracias a todas esas mujeres que me han acompañado en este camino y me han ayudado a teñir de lila mi mirada. Soy feminista porque no se puede ser de otra manera. ¿O es que se puede seguir aceptando la dominación del hombre sobre la mujer? Ya ha sido así durante muchos siglos y quizás ¿ya va siendo hora de que esto acabe total y definitivamente, no?
Hay gente que cuestiona el feminismo (casi todos hombres, pero también alguna mujer) desde cualquiera de sus vertientes y rebusca por sus comas, sus acentos y sus posibles imperfecciones, cuando, en verdad debería ser al contrario, ¿qué sentido tiene no ser feminista? ¡Ninguno! ¿Acaso queremos que el 50% de la población viva bajo el yugo del otro 50% por una cuestión de género? ¿És logico esto? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué sentido tiene que yo luche por mis derechos laborales o por los daños ecológicos si yo no me declaro abiertamente en contra de la explotacion de la mitad de la población por el mero hecho de ser mujer?
Es cierto, que nada es tan sencillo, que hay países y países, diferentes modos de dominación (algunos más sutiles que otros), que hay machismos y micromachismos, hay feminismos más academicos, otros más vivenciales y que todo merece ser profundizado y debatido, pero en esencia si nos ubicamos en la base, nos encontramos con algo tan sencillo como eso. Lo lógico, justo y necesario es ser feminista. No hay otra opción.
Ya va siendo hora que los hombres nos declaremos abierta y públicamente feministas sin que ello sea un atentado contra nuestra hombría. Ya va siendo hora que hagamos nuestra la lucha feminista (aunque no seamos los protagonistas) y dejemos de ser, en el mejor de los casos, simples colaboradores (como quien colabora con algo que no es propio). Ya va siendo hora que los hombres abandonemos ese discurso “quedabien” de “yo las entiendo, estoy de acuerdo con ellas, me solidarizo con su causa” pero siempre desde una mirada externa y sin hacer el esfuerzo de revisarte a ti mismo cuáles son aquellos privilegios que sigues ostentando por el mero hecho de ser hombre. Ya va siendo hora de que los hombres dejemos de ver la lucha feminista como algo ajeno y empecemos a percibirla como algo propio. Ya va siendo hora de que los hombres nos activemos de forma sincera, pública y radical contra el Patriarcado.¡No tiene sentido un futuro que no pase por este camino!
Y si, evidentemente, no soy perfecto. Yo he vivido un proceso de transformación desde mi adolescencia a la actualidad, por dónde he ido construyéndome como he podido, con mis circunstancias, mis limitaciones, pero en parte también he ido construyéndome por dónde he querido. Y eso quizás sea lo más valuoso, que uno pueda construirse a su modo y forma y no por imperativos legales o inercias provinientes del exterior.
El patriarcado nos atraviesa por muchos flancos a todos y a todas y yo ni me libro, ni me he librado. En este, mi proceso de deconstrucción de ciertos rasgos de masculinidad rancia y soporífera, he ido soltando mucho lastre y dejando atrás algunos hábitos adquiridos propios de la masculinidad clásica, la cual camina de la mano del machismo.
No voy a negar que durante mi vida y mientras he ido realizando todo este proceso vital, he tenido pensamientos, actitudes, palabras y actos machistas. Visto en perspectiva, creo que no muy graves, ni en gran número, pero es muy dificil vivir en una sociedad patriarcal, ser hombres y deshacerte de ellos con celeridad y desde bien joven. Desafortunadamente, han requerido y requieren aún, de cierta madurez (con ello no me quiero excusar, simplemente expresar que forma parte de un proceso, de mi proceso como persona)
Vivi una infancia y sobretodo una adolescencia envuelto por el ambiente testosterónico del futbol, donde se me requería ser fuerte, seguro, ganador y dar el máximo de collejas posibles antes de que me las dieran a mi. Más tarde me di cuenta, que yo no servía para ese ambiente, que estaba forzadamente encajado en ese rin por pura supervivencia. Las inseguridades de la adolescencia y la necesidad de aprobación y pertenencia de esa edad, estaban por encima de cualquier otra cosa y se tenía que tener una personalidad muy fuerte para quedar fuera del redil y yo no lo era. Con el tiempo me di cuenta que en aquella época lo pasé mal, que en el fondo sufría, que era como una especie de prostitución continua, aparentando ser lo que no era. Todo el tiempo haciendo el esfuerzo de aparentar fortaleza, dosis de chulería, de ocultar siempre las debilidades y las vulnerabilidades. Siempre preparado por si llegaba alguna agresión fisica y en los momentos que quizás no estaba a la altura de la masculinidad normativa, fácilmente venían seguidos de mofas y risillas crueles. Me gustaba el futbol, me encantaba, pero esa masculinidad no era para mi. Lo intenté, me esforcé y sobretodo la sufrí, porque en el fondo nunca me adapté del todo. Lamentablemente, en aquella época, la palabra feminismo estaba muy alejada de mi diccionario vital y en el instituto no tuve ningún profesor de “cultura i valors ètics” que me hablara de este tema para poder empoderarme y plantarle cara a esa masculinidad tan esclava.
Para hacer justicia diré que este ambiente no estaba ubicado tan solo en lo futbolístico, sino en la mayoría de mis espacios adolescentes en mayor o menor medida. Solo en los espacios más íntimos, donde no predominaba lo grupal, sino la cercanía del tú a tú, con amigos íntimos o parejas, dejaba aflorar mi verdadero yo y mi masculinidad más autentica.
Viniendo de una familia de tradición libertaria, un día u otro, debía sacarme el velo de la mirada, pero no fue fácil, ni rápido. Mi politización, quizás por un efecto de reactancia, tardó en llegar
Todo empezó con el teatro. A mis ya 20 años, una vez iniciada la carrera de Psicología y dando por imposible mi futuro como futbolista, me adentré en el mundo del teatro. Esa decisión se conformó como el inicio de una gran transformación interna, que evidetemente, ya estaba ahí latente, pero necesitaba un empujón externo.
En las clases de teatro me encontré un lugar donde mis restos de “machito” molestaban más que otra cosa, donde no hacia falta que sacará demasiado pecho al caminar, ya que descubrí, que al fin y al cabo, corporalmente no era más que una tensión añadida. Un lugar donde tenía que produndizar en mi parte más sensible, donde entrar en contacto con mis emociones, para conocerlas y expresarlas, donde relacionarme con mi cuerpo y otros cuerpos, no desde la competición testosteronil de la musculatura, sino desde la sensibilidad. Una nueva, grande e immensa puerta se abría ante mi. Una puerta que yo anhelaba cruzar desde hacía tiempo sin yo saberlo, o al menos, tan solo intuirlo.
En definitiva, me encontré un espacio y un tiempo donde se me invitaba a conocerme a mi mismo de forma sincera, sin tapujos, ni etiquetas ni juicios morales externos. Toda una aventura por la cuál transité felizmente durante mucho tiempo y cambió mi vida. Encontré mi primer espacio donde una masculinidad diferente era aceptada, socializada e incluso premiada. Una masculinidad donde lo sensible,lo emocional, lo poético y lo subjetivo, no solo tenían cabida, sino que ademàs conformaban la bandera de esos lares. Una gran parte de mi disfraz, como hombre al uso, quedó relagado al olvido. Tampoco fue fácil porque el mundo del teatro, no deja de ser una burbuja y fuera hay otra realidad normativa que te empuja hacia sus rancia estructuras, pero muy poco a poco, fui poniendo el pie en una nueva relación conmigo mismo que ya no tendría marcha atrás.
Y así fui pasando por la vida, hasta que llegó un punto de inflexión tan importante o más que el anterior: mi participación en el activismo social y mi consecuente politización.
Ineludiblemente, ese momento tenía que llegar. En mi caso, llegó con cierta edad ya entrada y de la mano del 15M. Pasé de luchar contra los recortes sociales a querer cambiar el sistema de raíz con más o menos empeño y con más o menos brillo en los ojos. De un grupo heterogeneo con un crisol casi infinita de de intenciones e ideas a la superespecialización de un grupo libertario.
En ese momento, dentro de los movimientos sociales existia y aún existen dos ámbitos transversales que se colaban por casi toda organización política de base, fuera cual fuera su ideario, el feminismo y el veganismo.
Respeto al veganismo me acerqué tímidamente, pero más debido a mi poca solvencia monetaria que por otra cosa, pero finalmente lo acabé esquivando. Tengo que decir, que igualmente al relacioname con muchos compañeros y compañeras veganas, és casi ineludible tomar cierta conciencia y sensibilización por el maltrato animal en la industria alimentaria, que digerimos día a día, pero esta sería harina de otro costal.
En cambio, el feminismo, sí que fue un pensamiento que me caló mucho más hondo. El hecho de compartir calle, sociabilidad y espacio político con gran diversidad de compañeras feministas, transfeministas,el lesbianismo político, el movimiento queer, personas que se cuestionaban de forma radical los roles de género, la relación con nuestros cuerpos normativizados, personas que querían romper las cadenas del binarismo de género (hombre-mujer) y cuestionar la naturaleza opresiva de algunas de nuestras relaciones sexoafectivas, abriendo las puertas a cualquier forma de expresión de amor, más allá del género, el sexo biológico y practicando experiencias poliamorosas, resultó ser una segunda revolución para mi propia vivencia de género, entre otras muchas cosas.
Fue una época, de la que estoy muy orgulloso y de la que me siento muy afortunado de lo mucho que aprendí de compañeras, de muy diversas formas, ya fuera, compartiendo una conversación en una manifestación, en una asamblea, en formaciones, conferencias e incluso en fiestas. Se podría decir que el activismo fue mi escuela de feminismo y creo que la mejor que podía haber tenido.
Una época de profunda concienciación respecto a este tema y de grandes aprendizajes vitales. Aprendí a teñir mi mirada de la perspectiva de género, a tomar conciencia de cuan arraigado está el patriarcado en nuestras carnes y a revisar, aceptar y en algunos casos modificar, aquellos privilegios que yo tenía (y tengo) por ser hombre. De la misma manera aprendí que había un nombre académico para definir esa masculinidad no normativa que yo sentía como propia, llamado, “nuevas masculinidades”. No deja de ser una nueva etiqueta, pero siempre produce cierto confort ponerle palabras a lo que uno siente.
No fue un proceso rápido e instantaneo. Como en todos aquellos procesos, que toman los senderos de la toma de conciencia y producen importantes cambios en nuestra organización neuronal, provocando nuevos caminos y relaciones entre esas pequeñas células que habitan en nuestro cerebro, pasé por diferentes etapas y justamente la fase inicial es la de la resistencia al cambio.
Por esta primera etapa, en mayor o menor medida, creo que han pasado la mayoría de hombres que conozco, que han iniciado este recorrido. Resistencia a abandonar algunos de mis privilegios por ser hombre o al menos a reconocer que existen, resistencia a incorporar en mi propio ideario las reivindicaciones feministas y tildarlas de exageradas o demasiado radicales (desde una solidaridad juzgadora y …).
Pero a golpe de immersión en este ambiente, las resistencias acabaron cayendo por su propio peso. La ineludible realidad acabó ganando la partida y mi mirada se tiñó completamente de lila. Y esta fua la segunda fase, en la que el lila inundó el iris de mis ojos y continuamente la perspectiva de género se adueñó de todo que hacía, veía y pensaba. Un momento en que el autoanálisi y el análisi del entorno que te envuelve toma un protagonismo acuciante.
Esta es la fase en la que descubres cuan profundas son las raices del patriarcado y por lo tanto del machismo: en las relaciones cotidianas, en el trabajo, en la calle, en la publicidad, el cine, la música, la política, en la familia…Descubres que por muy progresistas que nos creamos, viviendo en un pais europeo, no hay rincón, ni àmbito, que se libre de las huellas del patriarcado, en mayor o menor medida.
Por un lado, suele ser un momento muy emocionante y de intensa lucidez, ya que el contínuo descubrimiento de estos aspectos gracias a la concienciación, es como estrenar una nueva mirada y ver dónde antes no veías. Algo que estaba ahí, justo delante de ti, no eras capaz de verlo y de repente se alza delante de ti de forma nítida y clara y te preguntas, ¿cómo es que no lo había visto hasta este momento? Es como una especie de despertar, lo cual siempre viene dotado de una gran dosis de intensa emoción, como quién descubre nuevos horizontes o paisajes, pero en este caso, en tu propia mente, en tu propia mirada hacia el mundo. La mirada te ha cambiado, sin marcha atrás posible, de modo que tú has cambiado.
A veces, este momento, goza de tanta intensidad, que si no lo sabes gestionar saludablemente, puede llegar a ser muy estenuante ya que el material de patriarcado no tiene fin y si uno no se dosifica puede caer fácilmente en la frustración o en la obsesión. Y por mucho que uno tome conciencia, tiene que seguir viviendo en este mundo, con la máxima alegría posible y entender, que esta és una lucha de largo recorrido, que probablemente nos acompañará toda la vida.
Y finalmente, llega una tercera fase, que es la que creo que estoy ahora, en la que la concienciación es profunda, pero desde un lugar más sereno y sosegado (también más aburrido, valga la aclaración), aprendiendo a dosificarme, sabiéndome en una carrera de fondo y esperando un nuevo y maravilloso punto de inflexión, que me lleve a terrenos aún desconocidos. Afortunadamente nunca se sabe cuando puede llegar.
En definitiva, mi proceso vital como persona, ha corrido en paralelo a la vivencia de mi masculinidad y finalmente mi posicionamiento ante la vivencia de mi género ha acabado convirtiéndose en un acto político. Reside en ese lugar en que lo íntimo, lo político y lo carnal convergen, se entrelazan y no hay manera de deshilachar sus hebras.
Puede haber diversas maneras de entender la masculinidad y hasta puede ser enriquecedor, que coexistan un crisol de expresiones y cada una con sus detalles, pero ninguna de ellas puede edificarse sobre la dominación de la mujer, ya sea de forma implicita o explícita, a través de micromachismos o a través de la violencia explícita.
Hombres del mundo, que la sensibilidad sea la bandera, que en la piel resida lo amoroso, que la vulnerabiidad no sea sinónimo de debilidad, que lo masculino no te haga verdugo de nadie ni esclavo de ti mismo.
Me llamo Andreu, soy heterosexual, feminista y las características de mi masculinidad no coinciden con las de la masculinidad tradicional. Me gusto, estoy orgulloso de mi e intento cada dia acercarme un poco más a un mundo donde el patriarcado ya no exista.
Aquest dissabte dia 14 de maig del 2016 a les 12h a la MARIMORENA (botiga d’artesania i materials de manualitats), presentació del llibre d’Andreu Aisa Vázquez, «EL ESPERPENTO DE LO COTIDIANO» al carrer Catalunya 101 (local) de Castellar del Vallès.