YA NO TENEMOS DERECHO NI A PERDERNOS

Quiero dedicar este texto, con todo mi cariño, a aquellos compañeros/as que viven enganchados a su teléfono móvil.
PRÓLOGO
Este texto que tienes en las manos no habla ni de ti, ni de mí, ni de nadie en concreto, aunque en el fondo habla un poco de todos.
Se trata de una deriva reflexiva sobre el uso y desuso de la tecnología de nuestro tiempo, centrándose sobre todo, en la relación que mucha gente mantiene con su moderno teléfono móvil con acceso a internet.
Intenta adentrarse en algunas de las consecuencias que genera el uso de este tipo de aparatos, tanto a nivel social, como en las estructuras mentales de cada individuo.
Es probable, que algunas de las cosas que leas en este texto te puedan parecer un poco exageradas, pero al fin y al cabo, lo que he hecho, tan solo ha sido estirar, un poco, una tendencia que se ha instalado entre nosotros hace apenas un par de años y que parece que se proyecta en un futuro de una manera imparable.
Por último me gustaría avisar de que este texto tiene más de 140 caracteres y que para su lectura se requiere tranquilidad, concentración y procurar que sea lo único que se esté haciendo en ese momento (el motivo por el cuál realizo este aviso lo entenderán cuando lean las páginas que vienen a continuación).

YA NO TENEMOS DERECHO NI A PERDERNOS.
o como el móvil ha secuestrado nuestra vida

“…son las 10.45 de un día cualquiera del mes de noviembre del año 1995. Estamos en un aula de la facultad de psicología de la UB de Barcelona, asistiendo a cualquiera de las clases que se podían impartir en ese momento. De golpe un ruido extraño rompe el silencio de la explicación que está dando el profesor de turno. Un ruido, al que la mayoría de personas que estaban ahí presentes, no estaban nada habituadas o al menos a oírlo en ese contexto; un ruido que resulta aversivo y provoca cierta irritabilidad en los oídos de los que sufren sus consecuencias. De golpe uno de esos estudiantes que asistía a la clase, saca de su mochila un aparato de telefonía móvil y acto seguido lo cuelga, mientras es vilipendiado con la mirada por el resto de sus compañeros. A raíz de este “incidente” a lo largo de esa clase y en el posterior descanso por los pasillos de la facultad se oyen comentarios tales como: “vaya pijo”, “vaya notas”, “el tío lo hace por fardar”, “y ya ves tú para que necesita tener un teléfono móvil, como si fuera un corredor de bolsa…” y cualquier tipo de comentario de la misma índole, a través de los cuales la gente se posicionaba en contra de los aparatos móviles, emitía todo tipo de juicios aversivos respecto a éste y ponía en cuestión la necesidad de su existencia…”
“…en un día cualquiera del mes de marzo de 2013 en la misma ciudad la gente se despierta con la alarma de su móvil, si tiene que mirar la hora, mira la hora de su móvil, en el metro mucha gente ya no lee, sino que tiene la mirada volcada a su móvil, por la calle, muchos otros, caminan casi a ciegas, como grandes funambulistas, mientras queman sus párpados con la pantalla azul de su móvil, dos amigas hablan en el tren, mientras uno de sus oídos se encuentra ataviado por el auricular por dónde escuchan la música que proviene de su móvil (para qué utilizar los dos oídos para escuchar a mi amiga si con uno tengo suficiente y con el otro puedo darle a mi vida la música que le falta: criterios de eficiencia empresarial aplicados a lo más íntimos terrenos de la cotidianidad)…”
Como se puede comprobar entre una situación y la otra han pasado casi dieciocho años y yo me pregunto, qué ha pasado en todo este tiempo? A qué alto grado de alienación hemos estado sometidos para acabar haciendo algo que no queríamos? Cómo algo que merecía nuestro rechazo ha llegado a convertirse en un nuevo Dios al que se le adora ciegamente? Qué mecanismos mentales se han dado cita entre nuestras neuronas colectivas para transformar tan radicalmente nuestra opinión al respecto? Es tan alto el nivel de control que tienen sobre nosotros, que pueden moldear nuestras necesidades en función de sus intereses mercantiles? Como han sido capaces de crear esta brutal necesidad, de dónde no había más que un páramo? Y si pueden hacer esto con nuestra relación con estos aparatos, qué no pueden hacer con nuestro pensamiento? Cómo se ha llegado a la ilusa ilusión de que nuestra vida es mucho mejor desde la existencia de estos aparatos? Había vida antes de los móviles?
Podría seguir haciendo preguntas de este tipo, pero no acabaría nunca. En este texto no voy a dar respuesta a todas estas preguntas, porque creo que muchas veces una pregunta abierta lanzada al aire es mucho más potente como instrumento reflexivo que cualquier respuesta, pero sí que voy a intentar esbozar un dibujo de cómo resulta nuestra moderna vida colmada de aparatos tecnológicos y de cuáles son algunas de sus consecuencias:
Cuando voy por la calle o por el metro y veo la cantidad de aparatos tecnológicos que inundan nuestra vida, la vida de esos transeúntes ajenos que ven mis ojos, una ligera tristeza me arremete con fuerza.
Dedos que acarician constantemente los móviles con una inquietante ternura, como si la vida se les escurriera entre sus dedos, emergiendo sonrisas y entrecejos fruncidos, fruto de una soledad aliviada por el calor cibernético, por el inmenso placer de estar siempre conectados a una red de la que penden y dependen cada vez más filamentos de su felicidad, como un apéndice vital que les proporciona otro tipo de oxígeno para respirar. Siempre hay una brillante y razonable excusa para escudriñar ese sendero que te hace estar constantemente conectado.
Muchas caras con las que me cruzo por la calles empiezan a tener un color avinagrado fruto del continuo apantallamiento a la que se ven sometidas; la cobardía del anonimato que conlleva la participación en las redes sociales es lo que triunfa, para qué dar la cara si puedo elegir vivir a mi manera des del interior de mi cárcel y puedo hacer brotar mi verdadero yo a través de los dígitos de mi verdadero “hashtag”. Es la construcción de una nueva identidad que te da vía libre para sacar a fuera lo que tu frustrante vida no te permite. Una nueva y elaborada forma de seguir esquivando a la vida, en vez de mirarla de una vez por todas a la cara.
Las almohadillas han dejado de servir para apoyar la cabeza y se han convertido en verdaderas palancas para elevar a lo más alto los senderos del egocentrismo. Y quien dice almohadillas, dice perfiles…los perfiles también han perdido su significado, pues ya no muestran su lateralidad, sino que miran de frente con la mejor sonrisa de plástico posible para poder brillar por encima de cualquier destello del resto de sus congéneres aperfilados.
Mucha gente camina por las calles como robots sumergiendo su vista en el móvil como si se movieran presos por un hipnotismo del cual no se pueden deshacer; como si vivieran secuestrados por éste, pero disfrutaran de una rara felicidad fruto de un síndrome de Estocolmo permanente. Se establecen potentes vínculos emocionales con dicho aparato, vínculos emocionales que, evidentemente, sustituyen a los vínculos con las personas, las cuáles son mucho más complejas y más difíciles de gestionar. De esta manera, se generan relaciones casi amorosas. Hay quien acaricia muchas más veces al cabo del día a su móvil que a su pareja. Y de repente aparece el tic del que dice, “ que va, si yo no estoy enganchado al móvil”, el cual lo dice con la misma cadencia del que se ha bebido todo el barril de cerveza del bar y al final de la noche dice “no si yo controlo…dejadme conducir que no voy borracho…”; es ese tic que le provoca en la mano y que le lleva a estar mirando constantemente el móvil y la mayoría de veces, sin un motivo aparente, como si la mano tuviera un resorte que le condujera casi involuntariamente a moverse hacia el “aparatejo”, tal cual si fuera un imán que los uniera. Es un movimiento totalmente integrado en la musculatura de la persona, casi como un instinto al que uno no puede negarse y que se realiza con la misma naturalidad que un recién nacido busca el pezón de su madre. En algunos casos, este movimiento no es tan involuntario y en cambio es debido al “por si acaso”, por si acaso hay alguna llamada, por si acaso hay algún sms, por si acaso alguien a puesto “me gusta” en mi última foto, por si hay alguna novedad en alguno de los 25 grupos de whatsapp al que pertenezco, por si acaso, por si acaso… Total si al cabo del día, contabilizara las veces que ha consultado su móvil sin ningún motivo aparente quizás se asustaría un poco y empezaría a entender que quieren decir conceptos como el de síndrome de abstinencia.
Llegados a este punto, podríamos calificar como de dependencia, la relación que mucha gente mantiene con su “móvil”. Toda relación de dependencia está basada en el placer, el cual es el que, a la larga, aniquila tu libertad, te atrapa en sus garras y te convierte en su súbdito. Uno deja de tener el control de su vida y es esa dependencia la que pasa a tener la batuta, la que conforma tus hábitos y la que toma tus decisiones: uno se convierte en su marioneta, en un vulgar pelele, el cual baila al son de lo que la dependencia le ordena. Al menos, yo aún no he conocido ninguna dependencia que te haga más libre, sino todo lo contrario, más preso y más esclavo, pero en este caso la jaula es de oro, su brillo no nos deja ver, que lo que nos ciega los ojos, no es el Sol sino uno barrotes que acaban limitando y condicionando nuestra vida.
Aunque visto lo visto, no sé cómo la humanidad ha podido vivir tantos siglos sin este “aparatejo”. Las personas que han vivido por debajo de los años 90 deben haber tenido una vida horrible; deben haber sido unos seres infelices y solitarios porque si tenemos en cuenta la relevancia que han tomado actualmente en nuestras vidas y el alto nivel de dependencia respecto a éste, no se entiende como la humanidad ha podido subsistir tantos siglos sin un móvil, sin la necesidad de tener uno de ellos. Cómo mínimo deben haber sido seres que se sentían totalmente incompletos.
Es evidente que en este fenómeno confluyen tres aspectos importantes que por separado contienen menos veneno que cuando se juntan en un solo cuerpo, los cuáles son el móvil, internet y las redes sociales. Cuando no era posible acceder a internet por el móvil la historia era bien diferente, pero con la llegada de la “gratuidad” de los whatsapp y el pertinente acceso a internet des del móvil, des de cualquier lugar y en cualquier momento, hubo una importante ruptura de los esquemas mentales, ruptura la cual acogieron con grandes aplausos el gran aparato fagocitador neoliberal. Nos han vendido una nueva forma de esclavitud disfrazada de libertad. Ideas como la de que la tecnología te hará libre, mejorará la calidad de tu vida, “tienes el mundo a un click” campan a sus anchas por nuestra cotidianidad y la infectan del virus de la mentira que convence a todo aquel que se le ponga por en medio. Y está claro, que no es más que una burda mentira, ya que si así fuera no estaría al alcance de todos. Dejemos a un lado, de una vez por todas, nuestra ingenuidad y pongamos en marcha un perpetuo espíritu crítico que nos pueda alumbrar por esta mediocre oscuridad que nos rodea. Las grandes elites siempre han sabido desarrollar a la perfección el arte de democratizar la basura (sobre todo cuando hay intereses económicos) para mantener entretenido a los de abajo y mantener así sus privilegios. Y esto es lo que se ha hecho, se ha democratizado la basura una vez más. “Móviles con internet para todos! Que todo el mundo tenga derecho y la libertad de poder navegar por internet des de su móvil des de dónde quiera y cuando quiera a un precio irrisorio!!!”. Hay un dicho que dice, piensa mal y acertarás. Las elites nunca han sido muy hábiles a la hora de democratizar las verdaderas libertades y derechos humanos, más bien lo contrario, han sido unos profesionales en mancillarlos siempre que han podido. Ningún derecho, ni ninguna libertad se han conseguido gracias a la generosidad de los que han ostentado el poder, sino que siempre ha sido tomados por la fuerza por las clases populares. Porque esta vez debería ser diferente? Porque esta vez deberíamos creer que la altas elites han querido democratizar un bien para la humanidad que nos hará más libres y con una mayor calidad de vida? Y en todo caso, a cambio de qué? A qué precio?
Como ya he dicho anteriormente, esta situación de un vuelco y varió completamente cuando el internet llegó a los aparatos móviles. Claro que antes ya existía una dependencia a internet, pero está se vio incrementada exponencialmente cuando el acceso a internet pasó a ser continuo a través de los móviles. Uno puede estar conectado las veinticuatro horas del día desde su casa, des de la calle, en el metro, en el lavabo, en el parque, mientras está con otros amigos, mientras está con su hijo, etc. Cada vez ha ido conquistando más terreno de nuestra vida. Es la muerte del silencio, ya no hay vacíos, ya no hay espacios muertos, todo está preñado de una continua conexión con el resto del mundo.
A raíz de la “gratuidad” de los whatsapp y de la bajada de precios de los aparatos móviles con acceso a internet (en muchos casos regalado por las propias compañías) se inició esta vorágine, de la cual es difícil escapar y parece que no vaya a tener fin. Muchas gente se acogió a ese refrán que dice “a caballo regalado no le mires el dentado” y se cargaban de argumentos diciendo que “como los mensajes son gratis…” o “es que yo no lo quería, pero como me lo regalaban…” Pero nada es gratis y todo tiene un precio y más si viene de una compañía con intereses económicos bien notorios.
sabiduría pero también pueden ser muy contradictorios. Quizás en este caso hubiera sido más interesante tomar otro tipo de referencias. O es que acaso no aprendimos de pequeños a través de cuentos como el de “Blancanieves”, que las manzanas por muy rojas y brillantes que sean y por mucho que nos la ofrezca una encantadora ancianita pueden estar envenenadas? O es que tampoco aprendimos nada de la historia acerca del peligro que había en el interior del caballo que los griegos regalaron a los troyanos? Un inmenso caballo de Troya trota a sus anchas por nuestros recovecos más íntimos y cada vez va ganando más y más espacio.
Este panorama en el que nos encontramos actualmente puede estar motivado por muchas causas y es evidente, que la gran maquinaria de marketing globalizado ha sido el gran motor del cambio sufrido estos años, pero éste, por sí solo no ha sido el único factor a tener en cuenta, ya que por sí solo no podría lograr el acaparador éxito que ha tenido. Se necesita generar una serie de condicionantes sociales que le allanen el camino. De este modo, me gustaría destacar otro tipo de motivos por los cuáles hemos llegado a esta situación, aunque tan solo sea de un modo aproximativo:
Una de las causas la podríamos encontrar en el tipo de sociedades en las que vivimos y en su modo de vida. Vivimos en ciudades cada vez más grandes, más anónimas, más frías y materialistas. El aislamiento y la atomización de nuestras vidas es cada día más fragrante. Las grandes dosis de soledad y de incomunicación real es lo que predomina. La idea de pertenencia a un colectivo ha quedado barrida por el tiempo y por los intereses políticos y mercantilistas. Todo ello constituye un importante caldo de cultivo para un sinfín de sufrimientos humanos, que incluso podrían adquirir el cariz de patologías como son la depresión, todo tipo de sintomatología ansiógena, el vacío existencial, etc. Ante esta situación el individuo tiene dos opciones o volverse loco o buscar una vía para dar un poco más de calor a sus vidas. Por pura subsistencia antes de que la maquinaria de nuestro cerebro se declare en quiebra total, normalmente intentamos buscar esa vía de escape para calentar y dar un poco más de sentido a nuestro vivir. Y esa vía alternativa puede tener dos ramificaciones. Por un lado, la de optar por la adaptación a esta forma de vida cada vez más deshumanizada o la de intentar cambiar este tipo de vida y hacer lo posible por luchar por una sociedad donde no impere la soledad y el individualismo, por romper el aislamiento atomizante en el que vivimos y podamos disfrutar de una vida basada en relaciones de cercanía de confianza y de apoyo mutuo entre las personas, donde los canales informales de comunicación entre las personas fluyan de tal manera que la soledad y la incomunicación social se conviertan en meras cuestiones anecdóticas.
Pues bien, entre estas dos ramificaciones, la primera de las dos requiere mucho menos esfuerzo y resulta mucho más fácil: adaptarse a esta forma de vida deshumanizante antes que morir de tedio vital. Claro, que ya se sabe que adaptarse a un sistema enfermo no es muy sano, pero a pesar de ello, esta opción es la que impera. Y una manera de adaptarse y hacer la vida más llevadera es poniendo parches que te permitan seguir teniendo el aire suficiente para seguir respirando. Hay muchos tipos de parches vitales y uno de ellos es el que facilitan los móviles con acceso a internet. Como ya hemos dicho anteriormente, en una sociedad en la que abunda la soledad y la incomunicación social, poder poseer permanentemente un aparato con el que puedes estar conectado al resto del mundo durante todo el día, con el que puedes estar conectado constantemente con tus amigos reales, amigos cibernéticos, amantes, posibles amantes, el infinito público cibernético… es algo que cae como agua de mayo para el alivio de las soledades. Es por ello que genera una gran dependencia.
Claro que, aunque resulte una reacción muy entendible, no deja de ser un parche que mantiene al sistema deshumanizante del cual queremos protegernos, ya que adaptarnos de esta forma no es más que una manera de enfatizarlo, de justificar su existencia, de legitimarlo.
En un mundo donde la comunicación y las relaciones sociales no sufrieran la tara que sufren en estos momentos, seguramente este tipo de tecnología y esta dependencia no tendrían sentido, pero en vez de luchar por poder volver a reconquistar una forma de vida de este tipo, lo que hacemos es construir un parche que la perpetúa. Nos conformamos con relamernos la herida en vez de atacar a quien nos hiere para que no lo vuelva a hacer.
Pero como siempre jugamos con desventaja, porque el poder del gran aparato político-económico-publicitario-mediático del sistema es demoledor y defenderse de él, respecto a este tema, parece una tarea de titanes. Y sobre todo si una de las partes interesadas extrae un beneficio económico importante. Es decir y por poner un ejemplo, antiguamente, no hacían falta este tipo de móviles porque la gente sacaba la silla a la calle o a su rellano y hablaba con sus vecinos; la vida de proximidad que había en los barrios hacía que la gente se encontrara por la calles, las plazas, los bares, centros sociales, etc. Pero todo ello no produce ningún beneficio económico a nadie, en cambio, tener un móvil con eterno acceso a internet para poder hablar con gente que está al otro lado de la ciudad o al otro lado del mundo, produce unos beneficios económicos a las empresa de telecomunicaciones y a todo el resto de empresas que pululan y siguen como rémoras al gran Dios del internet. Es una manera de hacer negocio de la soledad y el sufrimiento humano: bajar las sillas a la calle o fomentar la participación social en la calle no da dinero, en cambio, los móviles generan mucha riqueza a grandes compañías, que entre la silla de mimbre y una buena aplicación de móvil, tienen claro con que prefieren quedarse. Ante esta notable diferencia, un sistema que se basa en la búsqueda enfermiza del beneficio económico, es fácil intuir por cuál de las dos opciones apostará.
Y como consecuencia de esta coyuntura, de forma voluntaria o involuntaria, lo que estamos haciendo es adaptarnos a esta forma de vida deshumanizante a través de los móviles y la redes sociales, en vez de apostar por recuperar un modo de vida y una forma de relacionarnos más humana. Probablemente lo hacemos para poder combatir el aislamiento, la soledad y la artificialidad de estas artificiales y modernas urbes donde vivimos, porque resulta mucho más fácil, simplemente, comprarse un moderno móvil, que nadar contracorriente y hacer lo posible, tan individual o colectivamente, por recuperar una forma de vida basada en la relaciones de proximidad, confianza y ayuda mutua, dónde la comunicación real entre las personas sea un arma afilada contra las soledades y las depresiones, donde las redes sociales no necesiten pantallas para existir y donde las calles y los espacios públicos vuelvan a ser el lugar de encuentro de las personas. Repito, es mucho más fácil comprarse uno de estos móviles, que intentar cambiar el modo de vida. A pesar de que esto signifique ser cómplices de una forma de vida cada vez más dehumanizante.
Si lo miramos desde una óptica general, como si pudiéramos distanciarnos y observarlo desde fuera, es como si primero nos arrebataran la forma natural de relacionarnos y después los mismos que nos la han arrebatado, nos ofrecieran la milagrosa solución al problema que han generado ellos, pero no nos la ofrecen sin más, sino que nos la venden para sacarle un rédito económico. Primero nos generan la necesidad y después nos venden la medicina para mitigar dicha necesidad. Y nosotros, ávidos de escapar del tedio en el que nos han metido y especialistas en protagonizar reiterados síndromes de Estocolmo, caemos en su trampa y felizmente se la compramos, dando incluso las gracias.
Cuando hablo de ellos, no me refiero a esa forma consparanoica de hablar del sistema, sino que me refiero al sistema capitalista y todos sus subterfugios neoliberales, formado por personas y todo tipo de instituciones que tienen como objetivo maximizar sus beneficios económicos sin escrúpulo alguno. El buen funcionamiento del sistema capitalista requiere de personas aisladas, atomizadas, incomunicadas, frágiles, miedosas, fáciles de manipular y llevar por los senderos que a ellos les interesan.
Anteriormente hemos dicho que una de las causas de este fenómeno que nos ha invadido en estos últimos años era el tipo de sociedad en la que vivíamos repleta de soledad, aislamiento y grandes dosis de incomunicación, pero evidentemente no es la única, como siempre hay muchas variables que inciden en un mismo punto. Por eso dentro de esta gran amalgama de circunstancias que conforman el cuerpo de este gigante Leviatán, me gustaría destacar otra de ellas. Me estoy refiriendo, a la insatisfacción vital que vamos arrastrando fruto de la deshumanización de nuestras vidas y del contexto de crisis económica en el que vivimos. Estamos en un momento en que a las insatisfacciones individuales hay que añadirle las colectivas, en el que las colectivas derivan en individuales, en el que las individuales y las colectivas se fusionan formando un solo cuerpo dotado con un alto voltaje de sufrimiento. Vivimos en una época donde parece que la palabra futuro se ha escapado del diccionario, parece que ya no existe de lo negro que se antoja, donde cada vez es más caro estudiar, dónde cada vez es más caro vivir, donde los derechos sociales se están aniquilando a marchas forzadas, donde cada vez cuesta más encontrar trabajo, donde cada vez se trabaja más por menos dinero, donde el fantasma de la exclusión social cada vez amenaza a un número más grande de personas, en el que parece que estemos gobernados por unos seres inmortales que viven de enriquecerse a través de la explotación de las personas y de los recursos del planeta sin escrúpulo alguno y que parecen tan alejados del resto de los mortales que no haya manera de defenderse de ellos o simplemente llegar a rozarlos, la cual cosa, genera una gran frustración e indefensión en las personas, ante la cual, muchas de ellas deciden directamente no plantearse ningún tipo de combate, optan por la resignación, mirar hacia otro lado y engancharse con fuerza a todo aquello que mínimamente les puede dar un poco de vida a sus vidas, lo cual acaba siendo un espeso caldo de cultivo para cualquier tipo de dependencia y apego.
Es cierto que si miramos atrás en la historia, podríamos decir que nunca ha habido una época ideal, donde el ser humano rezumara felicidad por todos sus poros, sino todo lo contrario, pareciera que nunca han sido buenos tiempos para la lírica, pero la época actual tiene el “honor” de ostentar alguna peculiaridades diferenciales respecto a otras épocas, que a mi entender aún acrecientan más esta insatisfacción de la cual estamos hablando.
Se trata del hecho de que vivimos en una sociedad sumamente mercantilizada, en la que sin dinero no se puede hacer casi nada y dicha mercantilización cada vez conquista más terreno a nuestra vida, a nuestra cotidianidad. Cada vez hay menos espacios al margen, menos espacios donde las relaciones humanas no estén marcadas por la transacción monetaria, estandarizadas, institucionalizadas, normativizadas, legisladas, controladas y en última instancia bajo amenaza de sanción gubernativa.
Vivimos en una época en que el capitalismo salvaje (valga la redundancia) y el brutal adoctrinamiento del pensamiento único cada vez conquista cuotas más profundas de nuestro esófago y llega hasta los terrenos más profundos de nuestra intimidad. No hay manera de escapar de él, aunque se quiera, o al menos parece una gran proeza. Es como una masa viscosa que nos envuelve de la que cada vez se hace más difícil deshacerse de ella.
A través de elaboradas y refinadas técnicas comunicativas de persuasión que llegan hasta la puerta de nuestras neuronas a través de la engrasada maquinaria de los mass media, incluyendo el internet y el móvil, el cual nos acompaña las veinticuatro horas de nuestro día y a través del continuo bombardeo que sufrimos de marketing y publicidad, van modulando nuestro pensamiento, nos van marcando el camino de lo que debemos pensar y de lo que no, de lo que debemos consumir, de cómo debemos vivir y de cómo debemos no querer vivir (aunque inicialmente nos agrade ese modo), de cuál debe ser nuestra opinión respecto a los temas que les interese, de lo que es verdad y lo que es mentira, de lo que debemos considerar bueno y lo que debemos considerar malo, de lo que tenemos que percibir como una necesidad y de lo que no, en definitiva nos construyen la única realidad que pueden ver nuestros ojos, que evidentemente beneficia a los intereses de los que quieren construir esta “realidad”. Ya no hacen falta porras ni balas para controlar a la población, ya han encontrado algo más potente y eficaz, el lenguaje. Eso sí, añadiendo la dosis siempre necesaria de miedo paralizante a través del monopolio de la violencia, donde la verborrea de su lenguaje no les surge el efecto deseado.
Pues bien, esta mercantilización de la globalidad de nuestra vida, esta ausencia de márgenes donde desarrollar relaciones e interacciones espontaneas, creativas y libres y este capitalismo invasor que se cuela hasta por los recodos más insospechados de nuestra vida hace que la insatisfacción vital que predomina en la actualidad tenga un componente diferencial al de otras épocas, que la tiñe de una mayor intensidad.
Y como ya hemos comentado anteriormente, la insatisfacción vital de las personas es el caldo de cultivo perfecto para generar todo tipo de dependencias y una de ellas, de las muchas que existen, es esta nueva dependencia al espacio cibernético que reside en el interior de esos aparejos llamados “móviles”.
Pero bajemos del plano teórico en el que estamos instalados y volvamos de nuevo a lo práctico y tangible; pongamos de nuevo los pies en la tierra y analicemos cuáles son sus consecuencias, cómo afecta esto a nuestras vidas y en qué la estamos convirtiendo.
Volviendo al inicio de este texto, vemos como en poco tiempo, en apenas dos o tres años, los móviles han invadido nuestra cotidianidad, evidentemente, hablo de los móviles con acceso a internet. La gente baja las escaleras de su casa mirando al móvil, camina por la calle mirando al móvil, viaja en moto con el móvil bien colocado en casco por si acaso, va en metro y autobús mirando al móvil, mientras está con otras personas consulta su móvil repetidas veces, mientras está comiendo mira su móvil…no hay ni un momento de nuestro día que se escape de sus garras: es probable que haya gente que también consulte su móvil cuando está haciendo el amor, lo cierto es que no me extrañaría (siempre puede haber razones de peso y sumamente argumentadas por el calor de la dependencia que lo justifiquen)…
Si estás en el tren o el metro y la persona de adelante mete la mano en su bolso o mochila, hay más de un ochenta por ciento de posibilidades que lo que vaya sacar sea su móvil. Es triste, pero parece que este “aparatejo” se haya incorporado ya a nuestro cuerpo y sea un apéndice vital instalado en nuestras manos. Parece como si en él, no tuviéramos el suficiente oxígeno para respirar. Pero de qué estamos hablando? De libertad comunicativa? De una necesidad real? De una dependencia? O en algunos casos, directamente de una drogodependencia?
Pero el problema no es solo la dependencia, sino también, los daños colaterales que esto provoca. Con este acceso continuo a internet a través de los móviles estamos generando personas amantes de lo inmediato, con baja capacidad de concentración, con poca tolerancia a la frustración, poca capacidad de espera e individualistas. Si uno se para a pensar, se dará cuenta de que esta serie de rasgos son característicos de una fase de nuestra vida muy concreta, como es la infancia temprana. Así que se podría decir que estamos gestando una sociedad infantilizada (en el sentido negativo de la palabra).
Conectados veinticuatro horas a una infinidad de información, no hay nada que no podamos saber, jugamos a ser semidioses, no hay nada que se nos resista y lo mejor es que lo podemos saber todo en unos segundos: “el mundo al alcance de un click” y en cualquier lugar. Esto que hasta cierto punto puede valorarse como una ventaja, como algo positivo, también tiene su reverso. Genera personas necesitadas de recompensas inmediatas, se desvanece el valor del esfuerzo por conseguir lo que uno quiere y el valor del proceso : todo es “ya” y cuando yo quiero. De este modo, también se evapora la capacidad de espera y la paciencia. Y lo peor del caso es que cuando por un motivo u otro, no puede ser así y no se puede alcanzar la meta pretendida, el nivel de frustración es alto, ya que no están acostumbrados a estas vicisitudes, ni tienen paciencia para gestionar esta dificultad. De este modo, acaban conformándose personas con muy poca tolerancia a la frustración, lo cual es una característica esencial de los niños consentidos y mimados.
Así mismo sucede con la capacidad de concentración, la cual también se ve distorsionada. Es bien sabido que el ámbito del internet, ya sea en el móvil o en el ordenador, es un ámbito que transcurre todo a gran velocidad, donde nunca se hace una sola cosa, sino que las ventanas se van abriendo una tras otra sin descanso y muchas veces sin cerrar la que queda atrás. No se admite el silencio y se huye del vacío. Así mientras espero que me conteste un amigo, voy hablando con otro y si éste tarda un poco, me busco esa canción o ese video del que me han hablado y mientras los escucho si es demasiado largo, lo minimizo y consulto una de mis páginas favoritas y entonces me acuerdo de que estaba hablando con mi amigo, que hace rato me ha contestado y entonces le contesto, pero antes de contestar, pienso que sería mejor contestarle escuchando otra canción, pero entonces recuerdo, que por la hora que es ya debe estar conectada una chica que una vez hablé con ella en un chat y que… y así sucesivamente pasa el día, por no decir la vida. Todo es rápido, todo dura poco, no hay manera de centrar la atención en una sola cosa. La concentración va perdiendo letras en el diccionario vital de las personas y sin concentración estamos condenados a quedarnos siempre en la superficie. Es imposible adentrarse en el interior de significados un poco elaborados y llevar a cabo tareas que requiera cierta reflexión. Tan solo se pueden hacer cosas simples, superficiales, que no requieren casi ningún esfuerzo intelectual y que evidentemente duren poco tiempo. Y si esto lo trasladamos a los niños o adolescentes de hoy en día, nos extraña que después no sean capaces de leerse un libro entero o de prestar atención cuarenta y cinco minutos seguidos en una clase?
Por todo ello, me atrevo a decir, que estamos generando una sociedad infantilizada, ya que, el inmediatismo, la poca capacidad de espera, el bajo nivel de concentración, el tener que ir cambiando constantemente de actividad, la baja tolerancia a la frustración, son características típicas de la infancia, pero además de la infancia temprana, por debajo de los siete años. Y ya no entraré en el tema de esos seres adultos con barba, corbata y bastantes años acumulados en sus patas de gallo, que mientras viajan en metro van jugando con el móvil o directamente con su preciada “play”…
Yendo un poco más lejos y apostando por lo controvertido, también podríamos decir que infantilizar las mentes adultas es una manera de idiotizar a las personas; adentrarlas en un proceso de idiotización, que “casualmente” les viene como anillo al dedo a las clases dirigentes.
Por otro lado, otra de las consecuencias que genera el uso continuado de este tipo de tecnología es la ansiedad y el estrés. Es evidente que este estar conectado sin descanso alguno, éste estar pendiente constantemente de si se ha recibido un mensaje u otro en todas sus modalidades (sms, email, wassup, fcb, twitter…), de si esa persona u otra ya te ha contestado, este continuo abrir ventana tras ventana o el continuo consumo de información, aunque tenga una porción de entretenimiento, en el fondo, acaba provocando en la persona un alto nivel de sobreexcitación que se traduce en un estado de ansiedad casi permanente o al menos, lo que parece seguro, es que no facilita ningún tipo de tranquilidad, ni de relajación.
Por otro lado, si nos paramos a analizar los contenidos que la mayoría de la gente (algunos de forma compulsiva) consulta cuando esta interaccionando con su móvil, podemos observar que son de carácter meramente superficial, que tan solo aspiran a ser un producto de entretenimiento más, de entre los muchos que ya existen, pero evidentemente de un entretenimiento vacío de significados que puedan enriquecer nuestro pensamiento. A lo máximo que aspiran es, a esta sobreestimulación, de la que ya hemos hablado anteriormente, que emerge como un alivio contra el aburrimiento y nuestra poca tolerancia a estar con uno mismo (de esto hablaremos unos renglones más para abajo). En todo caso, lo que está claro, es que no son contenidos que estimulen la capacidad reflexiva y el espíritu crítico, tan necesario para interpelar y cuestionar la realidad que rodea la persona. En definitiva, un suma y sigue para la idiotización de nuestras mentes.
Otra consecuencia derivada de esta vorágine que se ha instalado entre nosotros , que ya hemos dejado entrever con anterioridad, es el fin del silencio, ya no hay vacíos posibles, todo está colmado del espacio cibernético, ya no hay manera de escapar de él (si es que se quiere) y es cierto que así, parece que nunca estemos solos, ya que en cualquier momento podemos sacar el móvil y saciar nuestro aburrimiento, pero también es cierto, que así nos negamos la posibilidad de estar con nosotros mismos. Nos enterramos en la esclavitud de tener que estar haciendo siempre algo, de tener que estar siempre ocupados, de tener nuestra mente siempre trabajando para los de afuera olvidándose del de adentro. No se admite el frenazo, el detenerse, el no estar ocupados en nada y simplemente estar, no sea el caso que al detenernos nos dé por mirar hacia adentro y no nos guste lo que vemos. Antes de ver lo que no queremos ver, es preferible estar ocupado, sumamente ocupado y entretenido y ahí aparece el móvil como perfecto redentor y hábil cómplice de nuestra cobardía.
Ya de por sí, el ser humano, tiene una especial pereza a mirar en su interior, conocerse, entenderse, ya que siempre resulta una ardua tarea con unas imprevisibles consecuencias, pero en la actualidad con la invasión del móvil en todos los contextos de nuestra vida aún se antoja más complicado, ya que su presencia aniquila los momentos muertos, los momentos vacíos, sin nada que hacer. Anteriormente, aunque uno no quisiera establecer un diálogo con uno mismo, a lo largo de su cotidianidad se encontraba forzosamente con momentos en los cuales, el hecho de no tener nada que hacer le llevaba a pensar en sus cosas, a estar consigo mismo, autoanalizarse o dejarse llevar por su pensamiento sin saber hasta dónde iba a llegar. Estoy hablando de momentos como en el metro, autobús, paseando, en alguna sala de espera. Pero ahora todos esos momentos de transición hacia otra cosa u otro lugar, han dejado de estar en silencio y todos tienen la posibilidad de dejarse llevar por el canto de sirenas que emiten las ondas electromagnéticas del aparato móvil. Por mucho que uno no quiera, el mero hecho de tener esa posibilidad, ya ausenta el silencio y el vacío del momento y por mucho que uno no quiera, el calor que emana el espacio cibernético es demasiado tentador para la drogodependencia que sufren algunos párpados al brillo de la pantalla.
Este asalto del móvil a nuestros íntimos momentos de vacío, no solamente se alía con esa baja tolerancia que tenemos de estar con nosotros mismos sin más( y la acrecientan), sino que además, también destruye toda actitud contemplativa, es decir el hecho de estar contemplando aquello que te rodea de forma relajada y dejando que la mente libremente ande por dónde quiera dejándose llevar por las diferentes asociaciones que vamos haciendo guiadas por nuestros recuerdos y nuestra historia vital.
Y claro está, que si la actitud contemplativa es desterrada, aún lo es mucho más la posibilidad de interactuar con el entorno, en este caso, me refiero al hecho de hablar con la gente que te rodea y no con los perfiles cibernéticos de gente que está al otro lado de la ciudad. Aunque, cabe de decir, que antes de la llegada de los móviles de última generación, esta posibilidad ya casi no existía, por el estilo de vida que llevamos (anonimato, individualismo, desconfianza, incomunicación…).
Pondré un ejemplo concreto para facilitar la comprensión de lo que estoy explicando:
“…una persona vuelve de su trabajo en autobús y tiene media hora de trayecto. Unos días antes de adquirir un moderno teléfono móvil, esta persona durante esa media hora, podía observar a la gente que tenía alrededor, observar el paisaje urbano por dónde va pasando con el autobús, hablar con personas del autobús que casi cada día hace el mismo recorrido con ella, podía quedarse embelesado mirando a ese chico o a esa chica con la que siempre coincide en el autobús y tanto les gusta, podía relajarse, dejar la mirada perdida y dejarse llevar por su pensamientos (con la relajación y gracias a ese momento de vacío, las neuronas se desengrasan y empiezan a asociarse libremente entre ellas, la cual cosa facilita el autoanálisis, la mayor profundidad en las reflexiones sobre cualquier tema, facilita la toma de decisiones, la búsqueda de soluciones a los problemas personales y posibilita el nacimiento de ideas creativas…) o simplemente podía echarse una cabezadita, la cual cosa le iría muy bien después de su jornada laboral…”
Han pasado unos meses y esa persona se ha comprado un teléfono móvil con acceso a internet y se ha convertido en una de esas personas que vive enganchada a su móvil. Después de su trabajo coge el autobús para hacer su recorrido de media hora y lo único que hace en ese tiempo es mirar y mirar y remirar su móvil.
Ustedes creen que esta persona ha perdido algo con el cambio? Es inocuo? Bien, tomen sus propias conclusiones al respecto…
Lo cierto es que parece como si nos quisieran siempre conectados, sin silencios, ni vacios, ni tiempos muertos, sin desconexión posible y con la cabeza siempre ocupada, no fuera que se nos ocurriera detenernos a pensar libremente.
Si eliminamos los vacíos, en gran medida, lo que estamos haciendo es eliminar nuestra creatividad, ya que muchas veces, el vacío es el motor de la creatividad, la tensión del vacío es lo que te empuja a crear, en este caso, crear tu vida y así no dejar que te la creen otros.
Hemos creado un nuevo parche para llenar el vacío y en muchos casos la soledad, creando una fatal tolerancia a estar con nosotros mismos, a enfrentarse a uno mismo y lo sustituimos por un sucedáneo de vida de plástico o de píxeles, para mitigar nuestro malestar (sin afrontarlo, ni analizarlo…), nuestra ausencia de vida, de plenitud.
Finalmente, me gustaría detenerme en un aspecto que se desvía algún grado al sur, del tema del que estamos hablando, que quizás tan solo llega a la categoría de anecdótico comparado con el resto del texto, pero que está directamente relacionado:
Hemos perdido el derecho a perdernos, ya ni eso podemos, la tecnología nos ha robado este sacrosanto derecho que nos acompaña des del principio de los tiempos y en consecuencia, también nos hemos quedado sin el placer de encontrarnos después de habernos perdido.
Me refiero que con la aparición de los GPS en los coches y los mapas virtuales en los móviles, uno ya no puede perderse. Está siempre obligado a saber dónde está y dice adiós con un solo click a la divertida aventura de perderse. Dice adiós a la sorpresa, a lo inesperado, al acabar en un sitio mejor del que pretendía ir y dice adiós, nuevamente al esfuerzo de tener que orientarse. De nuevo, nos encontramos con una nueva habilidad más, que arrastramos des del principio de los tiempos y que ha servido para subsistir, que con el tiempo, se va a ir evaporando. Pues para que quiero yo esforzarme en orientarme, si ya me lo dice la máquina? Y seguramente la misma maquinita que me orienta también me ayuda a conocer cuál es la oferta de consumo que me ofrece esa ciudad paso a paso. Un paso más para la idiotización de esta “nueva raza”, que estamos forjando.
De esta manera, los turistas que inundan las grandes ciudades van siguiendo como robots los designios de su móvil sin necesidad de levantar la cabeza, ni de preguntar a nadie cómo pueden llegar a los lugares que quieren visitar.
Así que con esta pérdida de un derecho tan fundamental y divertido como es el perderse, también perdemos la posibilidad de acabar conduciendo por carreteras y paisajes que nunca hubiéramos conocido si nos hubiéramos perdido, la posibilidad de acabar a carcajada limpia con tu compañero de viaje por ser la tercera vez que pasan por la misma rotonda, la posibilidad de acabar entablando una interesante y divertida conversación con tu compañero de viaje que no hubiera sido posible de no haber estado tanto rato conduciendo, la posibilidad de escuchar toda la banda sonora que lleva conductor en su coche y acabar cantando a dos voces, la posibilidad de conocer pueblos que si no nos hubiéramos perdido no conoceríamos, la posibilidad de acabar comiendo una exquisita escudella en una fonda de pueblo, el cual no teníamos previsto ir, pero como nos hemos perdido y nos ha ganado el tiempo, el hambre ha venido a visitarnos y no hemos tenido más remedio que buscar un lugar para comer, la posibilidad de acabar bañándote en la bañera del hostal donde te has tenido que hospedar ya que al perdernos nos ha vencido la noche, la posibilidad de conocer a alguien especial en ese hostal o en la fonda donde te has detenido a comer la escudella, con la que puedes acabar teniendo una larga conversación, riendo, haciendo el amor, estableciendo una amistad duradera, conociendo a tu futura pareja… También perdemos la posibilidad de conocer lugares de una ciudad que no íbamos a visitar, la posibilidad de interaccionar con la gente para preguntarles cómo puedes llegar a los sitios y así conocer un poco más a la gente nativa de la ciudad que estás visitando, tener que hacer el esfuerzo de intentar hacerte entender en otro idioma, la posibilidad de acabar entrando en bares, restoranes o cualquier lugar público que nunca hubieras visitado y un largo etcétera que no se acabaría nunca.
Con la ubicación constante de tu móvil todo esto desaparece y todo se vuelve más programado, previsto, esperado, autista, cronometrado y en definitiva mucho más aburrido.
Se desvanece el placer que da la recompensa de encontrarse después de poner en marcha la inteligencia y el esfuerzo por lograrlo. Pero ya hemos dicho anteriormente que el valor del proceso y el esfuerzo, que requiere éste, se ha perdido. Ahora todo es inmediato, pasivo, receptivo, todo es “ya”, sin reflexión, ni posible crítica, todo te viene masticado, prefabricado, preparado para consumir con una corta digestión para que pronto tengas que volverlo a necesitar. Todo en nombre de la comodidad, la calidad de vida y el progreso y en decremento de nuestras pobres neuronas las cuales cada vez van cogiendo más polvo y más telarañas se van instalando entre ellas. No me extrañaría que con el tiempo y gracias a esta gran comodidad que facilita la tecnología, el ser humano fuera perdiendo un número importante de neuronas de descendencia en descendencia, debido al escaso uso de muchas de ellas, conformando así, una “nueva raza” sumamente idiotizada, con un cerebro totalmente adaptado a la pasividad, a la repetición, a la obediencia, la ausencia de reflexión y de crítica, el cual será aún mucho más fácil de manipular y adoctrinar. Pero eso sí, podremos vivir en unas bonitas jaulas de oro, dónde, con solo apretando un botón, obtendremos todo lo que necesitamos o mejor dicho, todo aquello que nos han hecho creer que necesitamos, bajo obligado previo pago, evidentemente y sin ningún esfuerzo, para la alegría de nuestra comodidad. Probablemente nuestras huellas digitales o nuestro iris o cualquier rasgo de nuestro cuerpo irá directamente asociado a una cuenta corriente y los que estén al margen de esto serán perseguidos y sancionados, excepto un reducto resistente de galos que toman una poción mágica preparada por su druida…
Bien, podría seguir estirando esta desoladora visión futurista, pero prefiero dejar de hacerlo ya que una triste antiutopía totalmente deshumanizante se me antoja en la mirada cuando intento echar un vistazo al futuro; una antiutopía que supera cualquiera de las versiones literarias o cinematográficas que se han podido hacer hasta el momento.
De manera, que por lo que a mí respecta si se trata de elegir entre forma parte de los romanos o el reducto resistente de galos, me quedo con estos últimos, porque a pesar de tener menos poder y estar continuamente asediados, parecían mucho más felices (por si hay algún despistado es evidente que hago referencia al comic de Astérix y Obélix).
Por encima de todo, una de las cosas más importantes de este texto, más allá de las consecuencias prácticas a la moderna droga de la que hemos hablado, es poner de manifiesto que luchar contra el capitalismo, no es tan solo, luchar por los derechos laborales, los derechos sociales y la explotación del hombre por el hombre. Es mucho más que eso, sobretodo en el contexto actual, en el que el capitalismo es como una inmensa máquina fagocitadora que es capaz de mercantilizar los recodos más inverosímiles de nuestra vida, mucho más allá del ámbito laboral.
Combatir al capitalismo también es defenderse lo máximo posible uno mismo para que sus largos tentáculos no invadan toda tu persona: tus neuronas, tus hormonas, tus pensamientos, tus hábitos, tus opiniones, tu forma de relacionarte con los demás. Para ello es importante que mantengamos íntegras y bien engrasadas todas nuestras capacidades y no nos dejemos llevar por este proceso de “idiotización” del que hemos hablado.
Así que es importante que mantengamos preservada nuestra capacidad de concentración, de reflexión para poder atravesar las barreras de lo meramente superficial y poder llegar a significados un poco más profundos con los cuales interpelar a la realidad que nos rodea, de espíritu crítico, que sepamos dotarnos de momentos de relajación al margen de la asfixiante sobrestimulación, de momentos para estar con nosotros mismos y sobretodo preservar nuestra capacidad creativa, sin la cual corremos el riesgo de convertirnos en meros autómatas al servicio de los que crean nuestra “realidad”
Dicho de otra manera y dándole la vuelta al calcetín, luchar contra el capitalismo también es procurar ser personas librepensadoras, creativas, espontaneas, auténticas, libres de dependencias y con una buena dosis de espíritu crítico, porque como ya hemos dicho antes y lo vuelvo a reiterar aunque pueda ser repetitivo, el sistema capitalista necesita de cerebros totalmente adaptados a la pasividad, a la repetición, a la obediencia, la ausencia de reflexión y de crítica, necesita de tristes y miedosos autómatas para ser más fáciles de manipular y adoctrinar en función de su conveniencia.
Ante de finalizar, me gustaría dar un pincelazo sobre la tecnología en general, evidentemente crítico y desajustar, un poco, alguno de los mitos que la sostienen.
Por un lado, dicen que la tecnología nos hará libres, la cual cosa me parece bastante falso, ya que los que nos hace es más esclavos, nos hace personas incapaces que cada vez dependemos más de máquinas que nos ha ido sustituyendo a nosotros mismos o a nuestras habilidades (muchas de ellas las hemos ido perdiendo a fuerza de no usarlas, ya que de eso ya se encarga la máquina, para la qué debemos trabajar, para ganar un dinero y poder comprarla).
“La tecnología nos proporciona una vida más cómoda” y des de cuando nuestro objetivo y tener una vida cómoda? De que nos sirve tener una vida cómoda si sufrimos una vida sin sentido, deshumanizada, aburrida, triste y siendo explotados gran parte de nuestra vida, en el encierro laboral diario? Y de qué nos sirve la comodidad sin con ella vamos haciendo cada vez más grande el cráter de nuestro desarraigo, alejándonos así de la esencia que nos define como seres humanos? (desarrelament…). En el fondo no deseamos una vida cómoda, lo que deseamos es una vida plena, feliz, en armonía con los que nos rodean, con sentido, una vida en la que nos podamos desarrollar plenamente como personas, en la que tengamos nuestras necesidades básicas cubiertas y en la que seamos actores principales en el modo de organizar la colectividad en la que vivimos. Y para todo ello no es imprescindible la tecnología. Evidentemente que puede ayudar a mejorar algunos flecos, que la acumulación de conocimiento colectivo nos puede ayudar a conseguir estos objetivos y en algunos casos ello se puede convertir en algún tipo de aparato tecnológico, pero no es imprescindible. Si fuera así deberíamos poder decir que a mayor tecnología mayor felicidad y de todos es sabido que esta aseveración no es cierta, tanto si comparamos diferentes realidades de nuestra actualidad, como si nos comparamos con antiguas épocas donde la tecnología, como actualmente la entendemos, apenas existía. Claro que hace trescientos años había más miseria y más hambre, pero esto no tiene que ver con el nivel de tecnología sino con la justicia social y con la distribución de la riqueza. De manera que la afirmación que dice que a mayor tecnología mayor calidad de vida, tampoco es cierta. La verdadera calidad de vida o una calidad de vida generalizada no nos la darán las máquinas, sino la justicia social y la equitativa distribución de la riqueza.
En la actualidad, el progreso tecnológico, no está ideado para mejorar la vida de las personas, sino que es una parte importante del engranaje capitalista de la sociedad de consumo, que avanza en función de la competencia entre los diferentes productores que luchan por tener siempre una mayor cuota de mercado y generar así el máximo de beneficio económico para sí mismos.
En muchos casos se nutre de generar necesidades que no son ciertas a través de la publicidad y de mensajes institucionales cómplices, para que la gente acabe por comprarlo no como un acto voluntario, sino como algo de obligada compra, ya que “sin ello no se puede vivir”.
De ningún modo está pensado para producir felicidad, ni justicia social, ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, está pensada para generar dependencia de las personas respecto a ésta, generar consumo irracional y una insatisfacción constante, ya que la rápida obsolescencia de sus productos, hace que siempre estés necesitado de nuevas versiones y de nuevas formas más modernas que continuamente van saliendo al mercado. Es un pozo sin fin, la zanahoria que nunca llega a alcanzar el conejo, cuyo único objetivo es consumir, consumir y consumir para generar riqueza a empresas multinacionales, que en muchos casos tienen unas políticas de recursos humanos sumamente sospechosas basadas en la explotación de trabajadores en países del mal llamado tercer mundo y en la explotación irracional de recursos naturales, provocando graves daños ecológicos.
Es curioso como dentro del sector más “activista” de la población, siempre se ha llamado al boicot de ciertas marcas de refrescos o comida rápida imperialista o incluso a empresas del ramo textil acusadas de explotación infantil entre otras cosas, pero en cambio no se suele oír demasiado un llamado al boicot del sector tecnológico y más concretamente a los grandes imperios de Bill Gates, Apple o a las grandes marcas de fabricación de teléfonos móviles, los y las cuáles producen un daño ecológico y social mucho mayor que algunos de los productos que tradicionalmente se les llama continuamente al boicot.
Es evidente y no lo voy a negar, que la tecnología en general y concretamente los aparatos móviles de los cuáles hemos ido hablando a lo largo del texto, tienen ciertas ventajas, algunas de las cuáles yo mismo me beneficio, pero no voy a ser yo quien la defienda, pues ya tiene muchos abogados a pie de calle y en muchos consejos de dirección de empresas. Aunque, a pesar de ello, me parece necesario detenerse a reflexionar cuáles son las consecuencias que ésta genera en nosotros y en nuestro modo de vida, para poder decidir de una manera un poco más consciente, hacia qué clase de mundo nos queremos dirigir, que realidad es la que estamos construyendo entre todos nosotros, un modo de vida que se acerca cada vez más a la orilla de nuestros sueños o una realidad que se aleja a marchas forzadas de cualquier tipo de utopía?
Personalmente y por último, me gustaría resaltar, que esta realidad que estamos construyendo, este futuro en ciernes que estamos formando con tintes cada vez más dehumanizantes, está hiriendo de muerte a todo aquello poético, a toda aquella visión y percepción poética de la vida. Estamos fabricando una avinagrada, gris y materialista vida sin poesía, sin la cual vale mucho menos la pena vivirla.
Por eso, para acabar me gustaría hacer un alegato a toda aquella poesía que mueve mi sangre y que me permite respirar día a día, un alegato a todo lo que nace del misterio, a todo lo que no se sabe pero se intuye, al camino de tierra que permite gravar mis huellas en su seno, a las palabras encontradas por casualidad entre las calles, a las miradas que se encuentran sin querer pero queriendo, al placer de perderse para encontrarse y volver a perderse para volver a encontrarse, al agua que sale de las fuentes y no permite que nadie la embotelle, a los dedos que se rebelan a la tecnología y tan solo acarician pieles de carne sin píxeles, a los que sacan la mano por la ventana para comprobar si llueve, a los que escuchan a sus abuelos como quien escucha un pedazo de su memoria colectiva, a los que caminan por caminar, a los que muerden a su soledad y prefieren salir, aunque sea a solas, antes de pudrirse en la náusea del sofá, a los que siguen desgastando las portadas de los diccionarios, a los que se inventan nuevas palabras para crear nuevos significados, a los que se aburren sin miedo a desvanecerse en el aire, a los que nadan por su vacío, a los que se miran por debajo del entrecejo sin temor a encontrar ningún diablo con su propio rostro, a los que aún se atreven a cocinar a fuego lento el puchero y las prisas diarias y ya que estamos, también me gustaría hacer un alegato a la lúcida cordura de los locos y a la esperpéntica locura de los cuerdos cuando se olvidan que son cuerdos, a los que intentan sacarse cada día la camisa de fuerza, a los que no se avergüenzan de sus lágrimas, a los perdedores, a los raros, a los que no saben pero sienten, a los que fracasan por enésima vez, a los rechazados por un amor, a los que prefieren ser pobres antes que infelices, a los que sienten la rebelión como una necesidad vital que les nace de la profundidades de su páncreas y a todos aquellos que han decidido vivir a pleno pulmón a pesar de las balas y de los pesares.

Gracias por haberme leído hasta el final!!!
Espero que no te haya gustado o que te haya gustado, espero que después de leerlo tengas ganas de tirarlo a la basura y de insultarme o de recomendárselo a otra persona, espero que estés de acuerdo con lo que escribo o que pienses todo lo contrario pero al menos te hayas parado un tiempo a reflexionar sobre el tema.

ANEXO

Cuestionario para detectar el grado de dependencia que tiene usted respecto a su móvil con acceso a internet:
Hágase algunas de las siguientes preguntas y saque usted mismo sus propias conclusiones.

• Cuente cuántas veces consulta el móvil al día.
• De las veces que ha contado antes, cuente cuantas veces lo hace por motivos irrelevantes y sin una verdadera necesidad.
• Cuente cuantos minutos o horas, se pasa usted conectado a su móvil durante un día.
• Detecte si hay alguna actividad que le gusta, que ha dejado de hacer o hace mucho menos, des de que es usuario de este tipo de móviles. En el caso de que la respuesta sea afirmativa pregúntese si alguna vez se ha quejado de tener poco tiempo para sus cosas y coteje el tiempo que cree que necesitaría para esas cosas o actividades con el resultado de la segunda y la tercera pregunta.
• Describa cual es la sintomatología que sufre cuando, por motivos ajenos a su voluntad, se tiene que pasar unas horas o días sin su teléfono móvil.

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