Rubén, el hombre cazuela

Rubén es una de esas personas que le cambió la vida, completamente, la llegada del 15M, pero de alguna manera se quedó atrapado en sus inicios. Rubén se emocionaba como un niño cuando durante los primeros días del 15M, todo el mundo salía al balcón con una cazuela a hacer ruido como señal de protesta, digamos que contra todo.

Toda su finca, su vecindario, cuando llegaban las nueve de la noche era un clamor, una efervescencia tal que Rubén pensaba siempre: “…esta vez sí…esto es el inicio de algo muy gordo…las cosas van a cambiar…ya no hay vuelta atrás…”. Nunca se habría imaginado que la viejita del tercero, tan huraña y tan de derechas que parecía, tuviera una revolucionaria camuflada bajo esa piel arrugada. Él la miraba sonriente y ella le devolvía una mirada parca y recelosa. No obstante él se empeñaba en buscar complicidades donde no las había. A pesar de eso, Rubén se imaginaba que esa vecina suya, probablemente, habría estado por la calles de Barcelona, entre las barricadas, defendiendo a la ciudad del levantamiento fascista del año 36. Se la imaginaba como una de esas milicianas que salen en las fotos descoloridas de la época, con su gorro rojo y negro, un fusil en una mano y el brillo en la mirada de la que sabe que está echándole un pulso a la historia. Rubén se había hecho una gran película en su mente digna de más de un galardón. Lo que no sabía es que la señora Milagros, del tercero, salía con la cazuela, porque decía que estos del PSOE habían metido a España en la crisis y que a ver si dimitían y tomaban el poder de nuevo los del PP, que esos sí que sabían, los cuales iban sacarnos de la crisis y a dar trabajo a todo el mundo. Rubén en su ignorancia, cada día la sonreía esperando un atisbo de complicidad, pero no había manera. Siempre se encontraba esa mirada seca y dura. De hecho, un día, sacó su antiguo radio-cassette al balcón e hizo sonar la melodía de “A las barricadas” mientras arreaba con fuerza a su cacerola. Creía que éste iba a ser el guiño definitivo para que su vecina por fin le dedicara una sonrisa cómplice. Evidentemente eso no pasó y la Sra. Milagros se metió en su casa más pronto que nunca. Pero a él le daba igual. Se emocionaba al pensar que estaban juntos en ese clamor, en ese chirriar metálico de cazuelas varias, en saber que habían subido al tren de la historia y que estaban haciendo algo grande.

Al cabo de unos días, Rubén se enteró de que. a la misma hora que se convocaba la cacerolada, en una plaza de por ahí cerca se reunía la asamblea de su barrio. Estuvo dudando en si ir o no ir, pero finalmente decidió que no, que su lugar era aquel, el balcón. Pensaba que su ausencia se iba a notar, que si se iba, el nivel de decibelios de su vecindario iba a bajar y no se lo podía permitir. Había encontrado su lugar en el mundo.

Tristemente sucedió lo que tenía que suceder, a medida que los” indignados” dejaron de salir por la televisión, los fuertes golpes de cazuela fueron también decreciendo, al igual que bajan las ventas cuando un juguete deja de anunciarse por televisión. A Rubén esta involución en los decibelios de su vecindario le entristecía y le tenía muy preocupado. Aquello no podía acabar así, pensaba. Al menos por él no iba a ser, se decía a sí mismo. No iba a ser cómplice de la vorágine contrarrevolucionaria. Él siguió apostando fuertemente por la cazuela, por su vieja olla abollada por los miles de golpes que le había propinado con una cuchara. Poco a poco la gente dejó de salir al balcón para clamar al cielo con los instrumentos de cocina, hasta que llegó el día, que Rubén se quedó solo. Fue el único en toda Barcelona que salió puntual como siempre a las 9 de la noche a agitar la cazuela. Ese día a Rubén le saltó más de una lágrima y se juró a si mismo que él no pararía hasta que de nuevo la gente tomara conciencia de la importancia de la cazuela y volvieran a salir al balcón.

Así lo hizo. Rubén lleva más de ochocientos días seguidos saliendo cada día a su balcón a abollar su séptima olla. Y no de cualquier manera. Él siempre sale más fresco que una rosa, con una sonrisa en los labios y la mirada prendida en fervor revolucionario. Piensa que quizás hoy no sea el día, pero quizás mañana sí. Quizás mañana alguien le acompañe en la cacerolada y al día siguiente dos más y así se prenderá de nuevo la mecha y todo volverá a empezar. Todo habrá sido gracias a él, a su insistencia. Viéndolo a él, cualquiera diría que la Plaza Cataluña vuelve a estar ocupada.

Él no lo sabe, pero de alguna manera, se ha convertido en la voz de la conciencia de algunos de sus vecinos, que se sienten culpables por dejarle solo, aunque esos son los pocos. Cuando sale Rubén al balcón a dar como cada día su serenata, se oyen cortinas que se corren, persianas que se bajan, miradas furtivas entre visillos, algunos vecinos le insultan y hasta el niño que vive encima suyo ayer le echo una meadilla encima mientras estaba realizando su cometido diario. Pobre Rubén ahí sigue cada día, intentando despertar a la humanidad con cada uno de sus golpes, desde su pedestal urbano. Apostando fuertemente por el poder de la cazuela.

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