SUCESO EN UNA NOCHE DE VERANO

SUCESO EN UNA NOCHE DE VERANO.

Las calurosas noches de verano de la ciudad de Barcelona son propicias para que las mentes sean sacudidas y ciertos estados de conciencia se vean alterados, sobretodo, si a la calor, le añadimos ciertas dosis de ebriedad y la adrenalina la dejamos fluir velozmente por entre las venas.
Hay veces que suceden cosas que no tienen ninguna importancia y otras en que las cosas que suceden tienen la importancia que nosotros le damos. Quizás se trate de ajustar la balanza, de ceñir la medida para darle a cada cosa la importancia que merece, pero al fin y al cabo, quién proporciona el rasero que va a servir para medir? Acaso no somos nosotros mismos? Nuestra plena subjetividad?
Pues bien, seguramente el suceso que estoy a punto de relatar, sea algo anodino para mucha gente, vicisitudes de la vida nocturna de cualquier ciudad, pero yo me niego a relegarlo a los bajos fondos de lo anecdótico y prefiero darle una importancia vital, que, aunque similar, no es lo mismo que una vital importancia.

De todos es sabido cuáles son los adjetivos que califican a estos seres de la noche que se encargan de preservar la seguridad de los locales nocturnos. Si hiciéramos una encuesta a abierta a toda la población al respecto, de bien seguro que aparecerían términos como matones, chulos, fachas…Claro que deben haber excepciones y quizás podamos encontrar otro tipo de adjetivos, pero en estas líneas no nos vamos a centrar en las excepciones, las cuáles suelen ser más aburridas y nos vamos a centrar en el sendero que marca la sabiduría popular sobre estos especímenes que merodean por nuestras noches urbanas.

En sentido opuesto al camino que marca dicha sabiduría, algunos podrán decir, que al fin y al cabo, no es más que un trabajo, un trabajo más, una forma de ganarse un dinero, aspecto con el cual, no acabo de estar del todo de acuerdo. Por un lado, porque me atrevería a poner en tela de juicio, que eso se pueda denominar trabajo: ejercer violencia a sueldo, bajo el amparo de una nómina. No todo lo que se hace a cambio de dinero debe definirse obligatoriamente como trabajo.

Y por otro lado, hay muchas formas de ganarse la vida, al fin y al cabo, nadie les ha obligado ejercer esa función, la decisión ultima de trabajar de “segurata” es de la propia persona, por lo tanto el rol de víctima del sistema no me parece nada valido, aunque estemos inmersos en una voraz crisis, que parece que por trabajar tengamos que fagocitar nuestros propios valores. Si están ahí es porque quieren estar ahí, porque les gusta estar ahí haciendo lo que hacen, ya que para hacer ese tipo de “trabajo” no todo el mundo está preparado o al menos no todo el mundo está dispuesto. Se requieren personas que les guste ostentar cierto poder, ejercer control y violencia sobre las personas. Así que la excusa de que es “mi trabajo”, personalmente ya no me vale.

Con la excusa de “cumplir con mi trabajo” se han hecho y se hacen bárbaras atrocidades. Y ya empiezo a estar cansado de tanta injusticia ejecutada en nombre del trabajo, en nombre de la típica frase de “…yo no tengo la culpa, tan solo cumplo con mi trabajo…”: políticos que solo cumplen con su trabajo cuando ordenan los recortes sociales, policías que solo cumplen con su trabajo cuando agreden a las personas, cuando sacan un ojo con las pelotas de goma o cuando torturan, controladores de metro que solo cumplen con su trabajo cuando sancionan con multas de 100 euros a la gente que no lleva la tarjeta de metro validada (cabe recordar que mucha gente que no se puede permitir el actual abusivo precio del transporte público, pero igualmente necesitan desplazarse por la ciudad), farmacéuticos que solo cumplen con su trabajo cuando cobran el euro por cada receta médica, agentes judiciales que solo cumplen con su trabajo cuando ejecutan los desahucios a las personas que no pueden pagar el alquiler o la hipoteca de su vivienda y así sucesivamente podríamos encontrar mil y un ejemplos. Pues maldito trabajo me digo yo. Al final resultará que somos nosotros mismos los que forjamos nuestra propia cárcel en nombre del trabajo. En nombre del trabajo se recortan derechos, en nombre del trabajo se echa a la gente se su casa, en nombre del trabajo se dan palizas, en nombre del trabajo se cobran nuevos impuestos por sufrir una enfermedad, etc, etc… Hay gente, que en nombre del dinero que ganan, tienen interiorizadas una serie de obligaciones, las cuales van ciñendo cada vez más el cinturón de nuestra vida. Y todo desde un lugar alienante, es decir, “no lo hago por que yo lo quiera sino que el trabajo me obliga (una cosa externa a mi me obliga porque si no me quedaría sin mi sustento)”. Estirando el hilo de esta tesitura podríamos llegar a la conclusión que el trabajo es el que pone los cimientos de la esclavitud, la obediencia y es el mafioso chantajeador que hace que la gente doblegue su voluntad, sus deseos y sus principios. Se trata de una cárcel adoquinada por el trabajo, el cual se encarga de perpetuar las injusticias que sufrimos y aniquila el instinto natural de desobediencia.

Bueno, dejemos la mística del trabajo y enderecemos el rumbo de este texto volviendo de nuevo al suceso que dio pie al inicio de esta reflexión.
Como ya se pueden imaginar se trata de un episodio nocturno protagonizado por un servidor y los “seguratas” de un local nocturno de nuestra ciudad.
Una noche no muy lejana de este verano, una de esas noches en que la euforia, la alegre ebriedad, y un cocktail no se si muy recomendable de sentimientos encontrados que hacen que todo se viva con una intensidad desaforada, una de esas noches en que acabas encontrándote con el amanecer cara a cara y dudas si lo que ven tus ojos sobre el mar aún es la luna o ya se trata del nuevo Sol, saliendo de una discoteca del centro de Barcelona, la cual no quisiera decir su nombre por no hacer publicidad gratuita, pero a pesar de eso voy a decirlo, la sala “Apolo”, tuve un encontronazo con los “seguratas” de dicho local (después me he enterado que es algo muy habitual ya que las prácticas de estos personajes son bastante conocidas en la ciudad condal).

Resulta que al cierre de la discoteca, un pequeño ejército de “seguratas”, como si agentes de la brimo de los mossos de esquadra se trataran, se encargaban de peinar la zona cercana a la discoteca desalojando a todos aquellos transeúntes que se encontraran en su perímetro de acción.
Hasta aquí, uno puede pensar que es relativamente normal, que los “seguratas “de los locales por tal de no tener problemas con los vecinos aconsejen a la gente que si quieren hablar o seguir la fiesta que se alejen un poco de la puerta del local. La diferencia en este caso es que su perímetro de acción llegaba desde la puerta de la discoteca en la calle Nou de la Rambla, hasta el otro lado del paralelo tocando ya a la sala Bagdad. Quien conoce Barcelona, supongo que ya se hace una idea de las distancias y para quien no se acaba de orientar, cabe decir que se trata de una distancia de casi 100 metros y para llegar hasta ahí han de cruzar una ancha avenida como es el Paralelo que debe tener unos seis carriles de circulación para los coches. Y no solamente eso, sino que, como ya he dicho anteriormente, no se trataba del típico consejo del “segurata” de la puerta, sino que era un ejército de “seguratas” cuya actitud no tenía mucho que ver con el aconsejar y actuaban cual si fueran la policía local.

Pues bien, nosotros estábamos ya al otro lado de la avenida, casi a la altura del antiguo teatro Arnau y hasta ahí vinieron los señores de la noche con su petos fosforitos y su permanente cara de coitus interruptus, a decirnos que nos fuéramos, que circuláramos. Nosotros no estábamos si quiera montando ningún escándalo, lo cual por otra parte sería totalmente legítimo ya que estábamos suficientemente alejados de la discoteca como para hacer lo que nos viniera en gana sin que estos tipos se metieran de por medio. No estábamos chillando, ni cantando, simplemente estábamos y a lo sumo estaríamos despidiéndonos o acabando de decidir si tomábamos la última en algún otro lado. De hecho, no se exactamente lo que estábamos haciendo ya que de ese momento sufro alguna de esas lagunas que siempre hacen de la proeza nocturna mucho más meritoria. La cuestión es que en ese momento pude haberme callado y pude hacer caso a sus órdenes, pero simplemente no me dio la gana. Seguramente la ebriedad que corría por mis venas me empujó y me dio fuerzas para tomar ese arriesgado posicionamiento, pero pensé: “ quién carajo son estos para decirme a mi que me mueva de ahí, quien carajo son estos para decirme dónde puedo y dónde no puedo estar, acaso estoy en la puerta de su local, que tienen que venir a decirme estos aquí, es que no puedo estar en la calle donde quiera si no estoy molestando a nadie, es que se creen que son la guardia urbana???” Y como suele pasar en estos casos, el alcohol se encarga de bajar la guardia de la censura y hace que el camino entre lo que se piensa y que lo que se dice se achique considerablemente, así que eso fue más o menos lo que le dije a uno de esos guardianes de la noche. Y evidentemente, como llevar la contraria y plantar cara nunca sienta bien a quién está acostumbrado que se le obedezca y sobretodo a quién se piensa que está legitimado para volcar su poder sobre los demás, se inició un pequeña reyerta, que según algunos de mis compañeros hubiera podido acabar mal parado, pero finalmente tan solo acabé con el corazón en el pecho y el orgullo en un puño.

Las palabras que salieron de mi boca no las recuerdo exactamente pero se asemejan a las citadas anteriormente y mientras las decía mi actitud no era del que se está despidiendo, sino más bien, del que tira para adelante, sin importarle ni el número, ni la medida de las espaldas de sus interlocutores. A pesar del empeño de algunos de mis compañeros en que retrocediese, mi indignación hacía oídos sordos a sus palabras y en una de esas, unos de lo amables “seguratas” apostó directamente por la violencia física, lenguaje que dominan mucho mejor que el verbal e intentó darme un cabezazo. Lo cierto es que no entiendo como no atinó en darme. Vi pasear su cabeza de potro desbocado por delante de la mía sin llegar a rozarme. Ese cálculo de error que tuvo el domador de fieras, me hace pensar que quizás el borracho no era yo o al menos no el único.

Viendo que el calor del verano se estaba quedando corto ante el calor de la reyerta, uno de mis compañeros decidió cogerme por la espalda y alejarme prudentemente de la posibilidad de que un segundo cabezazo diera en la diana. Evidentemente, como buen jabalí herido, me resistí todo lo que pude en recular junto a él y pude protagonizar una de esas típicas y valientes secuencias de “…porque me cogen eh! Porque me cogen! Que si no veríais, que a mi no me importa que seáis quince y a cual más grande, que yo solo puedo con todos!”. Claro que eso no lo dije, pero el subtexto de mi lenguaje corporal era ese.

Después de esta forzada retirada, los “seguratas” empezaron a marchar y yo empecé a pensar, que quizás ir a buscarlos por iniciativa propia ya era tentar demasiado al destino.

Y así mi madrugada se encontró con un nuevo día, cargado de rabia, con unas manos que secaron la rabia que resbalaba por mi rostro, a las cuales, envío mi agradecimiento desde estas líneas y con una lucidez en la mente que finalmente me ha llevado a realizar este escrito.
Hasta aquí, más o menos llega el relato del suceso; una narración seguramente teñida de cierta distorsión provocada por la adrenalina del momento y con algunas lagunas generadas por las burbujas de alguno de los cubatas que me tomé.

Pero lo más importante no es lo que sucedió, ni que me hubiera sucedido a mi, ya que esto seguramente le sucede cada día a alguien en esta ciudad, sino lo que me llevó posteriormente a reflexionar:

Es curioso como nuestra vida está nutrida de momentos de obediencia, sumisión y resignación y como estos momentos nos van conformando desde que somos bien pequeños. Es curioso también, como a lo largo de nuestra vida nos llegan desde la sociedad inputs de obediencia y resignación que de forma voluntaria o involuntaria se introyectan por nuestras venas y que después moldearán nuestra forma de interaccionar con el mundo. Es muy raro encontrar escuelas en las que se enseñé a rebelarse, ni siquiera en las escuelas más alternativas y vanguardistas. Ni siquiera el padre o la madre más izquierdosa insta a sus hijos e hijas que se rebelen contra ellos. Siempre por el bien de las criaturas, tanto en la escuela o en casa, se espera de ellos que obedezcan. Esta esperada obediencia, incluso se puede camuflar bajo las formas más alternativas o libres de educación que nos podamos imaginar.

De este modo, vemos como la obediencia es algo que tenemos bien arraigado en nuestra conducta humana y que nos embadurna hasta los huesos. Claro que cierta obediencia, si hacemos un análisis evolutivo de la especie humana, es necesaria para su supervivencia, pero esa sería otro tipo de reflexión que dejo para los catedráticos del pensamiento.

Aquí lo importante no es si cierta obediencia es o no es necesaria, sino que la desobediencia y la rebelión la tenemos desterrada del mapa que orienta nuestras vidas, que institucionalmente hablando, la desobediencia es un tabú y se intenta por todos los lados posibles infundir la obediencia, ya que es la que sirve para mantener el sistema. La obediencia busca mantener y perpetuar el orden establecido, sea cual sea y de la naturaleza que sea.
Sin obediencia el sistema capitalista se desmoronaría con rapidez. O si no imaginemos que pasaría si los agentes judiciales se negaran echar fuera de su casa a las personas desahuciadas o si la policía desobedeciera las órdenes y se negará a agredir a unos manifestantes que están a punto de invadir un parlamento o si los doctores se negaran a cerrar los quirófanos que se han tenido que cerrar por los recortes sociales o si los farmacéuticos se negaran a recaudar el euro por receta o si los trabajadores dejaran de hacer caso a sus jefes en el puesto de trabajo o si los funcionarios de prisiones se negaran a mantener cerradas bajo llave las cárceles o si…o si…y así podríamos llegar hasta el infinito. Sin obediencia el sistema se derrumba.

Pero lo más peligroso es que actualmente este objetivo institucional de infundir la obediencia por todos los medios posibles es algo que han logrado con especial éxito. Vivimos momentos en que el nivel de obediencia es alto, muy alto me atrevería a decir y lo más peligroso es que en muchos casos, se obedece no porque alguien ajeno a la persona le esté obligando, sino porque ésta cree que es su obligación, que su deber es obedecer, que obedecer es lo que debe hacer, que no hay alternativa posible y finalmente hasta se acaba obedeciendo porque se quiere obedecer (“no lo hago porque me manden sino que lo hago porque quiero hacerlo así…”). Este es un caso excelso de control y manipulación de las personas, hacer que la gente haga lo que tú quieres que haga, sin obligarles y haciéndoles creer a si mismos que lo hacen porque ellos quieren. Este tipo de control es mucho más poderoso que cualquier arma.

Y cómo se consigue esto? Introyectando, a través de largos años de intensa campaña político-mediática, el culto por la obediencia en nuestra mente, haciendo así que creamos que ya es parte de nosotros. Esta es la forma de que la gente obedezca creyendo que lo hace porque ellos mismos quieren, aunque ello atente contra si mismo o contra sus congéneres.

Paralelamente, una vez introyectado el culto por la obediencia se aniquila la posibilidad de la desobediencia del mapa mental de las personas, ya que son entes contradictorios que no pueden convivir en un mismo plano de pensamiento. La desobediencia pasa a ser algo ajeno, algo que ya no se tiene en cuenta y a lo sumo se le tiene miedo (“cómo voy a decirle al “segurata” que yo no me muevo de ahí? O como voy a negarme a marchar de mi casa si no puedo pagarla? O cómo voy a desobedecer a cualquier autoridad aunque sepa que está atentando contra mi persona???”).

Según mi humilde opinión una manera de combatir todo esto es a través de nuestra cotidianidad, a través de nuestra particular interacción con el mundo. Porque si permitimos que nuestra vida esté repleta de momentos de obediencia y resignación a pesar de nuestro deseo de rebelarnos, si permitimos que dobleguen nuestra voluntad de forma reiterada durante nuestra vida y que esto se convierta un hábito que devore nuestras carnes, creeremos que esta es nuestra forma de vida, nuestra única forma de vida. Y no me estoy refiriendo a grandes proezas sociales, sino al continuo de nuestra historia como personas. Porque muchas veces el miedo nos puede, la cultura de la obediencia nos puede y habla por nosotros y no nos atrevemos a decir que no, que por aquí no paso, no nos atrevemos a decir esta boca es mía y aquí me planto como inequívoca y pura expresión de nuestra existencia; porque muchas veces preferimos mirar a otro lado, evitar a toda costa el conflicto, cuando a veces la única solución posible es que estalle el conflicto y nosotros podamos estar ahí adelante para lidiarlo, para plantar cara a la vida; porque si nos acostumbramos a hacer como la avestruz, si nos acostumbramos a que nos pasen siempre la mano por encima, que nos dobleguen nuestra voluntad, nuestros deseos y nuestros sueños, si nos acostumbramos a todo esto, dónde quedaremos nosotros? Dónde quedará finalmente nuestra persona? Probablemente totalmente anulada y no encontraremos un atisbo de vida en ninguno de nuestros actos.

Uno se dirá que en nuestra cotidianidad hay cosas que no tienen un cariz tan importante, cosas nimias que quizás no valga la pena gastar tanta energía en rebelarnos o simplemente afrontarlas y es probable que tenga razón, pero uno elige como quiere vivir y al fin y al cabo, como ya he dicho anteriormente, la mucha o poca importancia se la damos nosotros mismos, pero a pesar de ello, sí que existe un peligro: la acumulación de vivencias de resignación ante cosas nímias, a la larga generan una gran resignación en nuestra persona y nosotros mismos somos los artífices de crear una vida resignada.

En otras palabras si nos acostumbramos siempre a agachar la cabeza, aunque sea por motivos aparentemente banales, como podría ser el incidente con el “segurata”, el día que decidamos levantarla nos daremos cuenta que no podemos, que nos es imposible levantar la cabeza, ya que en nuestra espalda se habrá formado una joroba repleta de la suma de todas las resignaciones de nuestra vida, la cual nos impedirá levantar la cabeza para simplemente decir, aquí estoy yo.

Nuestra cotidianidad , el tipo de reacciones que nosotros tenemos son un espejo de la realidad social en la que vivimos e incluso puede ser un buen campo de auto – adiestramiento, que puede servir para generar en nosotros mayores semillas de resignación o un empoderamiento personal, el cual puede ponerse al servicio del empoderamiento colectivo i/o la desobediencia colectiva. De este modo, de la misma manera que, un momento de resignación te hace más vulnerable a ser víctima de otro nuevo momento de resignación, un momento de rebelión te hace más fuerte para protagonizar un segundo momento de rebelión.

Así, el empoderamiento individual cotidiano, puede ser un trampolín hacia el empoderamiento social colectivo, es decir, el hecho de que nos acostumbremos a no dejarnos pisar en nuestro día a día, de que seamos capaces de plantar cara a quien creamos que nos está atropellando o está socavando nuestra libertad, ya sea un “segurata”, sea un jefe o sea quien sea, nos va a dar alas para generar en nosotros un empoderamiento colectivo si queremos luchar contra las injusticias sociales que sufrimos; porque cómo queremos luchar y rebelarnos contra dichas injusticias si permitimos que nuestro cotidiano esté preñado de continuos momentos de resignación? Porque al fin y al cabo somos lo que hacemos y lo que hacemos nos conforma como personas.

Lo mágico del asunto es que este es un camino de ida y vuelta, es decir, que el hecho de participar en acciones de rebelión y desobediencia colectiva también facilita nuestro empoderamiento individual cotidiano, es decir que nos dan más fuerza para luchar y afrontar las adversidades de nuestro día a día.

Estamos viviendo momentos muy oscuros al respecto, momentos en que la obediencia y el miedo al conflicto están tan introyectados en nuestras neuronas que hasta se ha pasado a un nivel mucho más elaborado y maquiavélico, como es el hecho de que, no contentos con que obedezcamos, quieren que hagamos de policía entre nosotros para denunciar y calumniar a aquellos que no quieren obedecer o simplemente desean vivir al margen de la norma imperante.
Podemos encontrar dos ejemplos bastante claros al respecto en nuestra actualidad, como es la página web que la Conselleria d’Interior de la Generalitat creó para que la gente identificará en unas fotos a personas que presuntamente habían participado en los piquetes de la última huelga general o la aplicación para móvil de los FGC donde se pueden denunciar los actos “incívicos” que presenciemos como ahora sentarse en el suelo, poner los pies en los asientos, colarse, mendigar, tocar música en los vagones, etc. Y todo desde tu móvil!!! De nuevo la tecnología la servicio del control y la represión…

Y tal como están deviniendo las cosas debido a la crisis, ya podemos realizar este entreno en nuestra vida cotidiana porque llegará un momento, que a parte de las acciones colectivas, nos tocará a nosotros tomar ciertas decisiones importantes, tanto como personas, como trabajadores o profesionales, decisiones de desobediencia en las que solo dependerá de nosotros mismos, como ahora pagar o no el euro por receta, negarte o no a marchar de tu casa si no puedes seguir pagándola o posicionarte como profesional ante situaciones en las que sabes que tu actuación podrá perjudicar a muchas personas…

De nada sirve participar en protestas o acciones colectivas si después no las ratificamos en nuestras decisiones individuales, porque al fin y al cabo estas serán las que garantizarán el éxito de las reivindicaciones colectivas.
Y reitero que son tiempos oscuros los que estamos viviendo con visos de empeorar aún más y llegará un momento en que el destino o las consecuencias de esta crisis tocará a nuestra puerta y no a la del vecino, sino a la nuestra y entonces deberemos elegir de qué lado queremos vivir, del de la resignación o el de la dignidad. Si tomamos el de la resignación cada vez nos devorarán más pedazos de nuestra vida y cada vez seremos más esclavos, en cambio si tomamos el camino de la dignidad, exactamente no se como acabaremos, pero seguramente no nos costará mirarnos al espejo cada día.

Llegado a este punto, el lector o la lectora de este texto, se preguntará si no es un poco exagerado que a raíz de mi suceso con el “segurata” haya elucubrado toda esta ardua reflexión y seguramente tendrá algo de razón, pero a veces nuestras experiencias vitales se transforman en disparadores de nuestra creatividad / reflexión y nos pueden llevar a lugares a los que no sospechábamos que podríamos llegar.
Es muy probable que si no fuera por el alcohol sobrante que corría por mis venas esa noche, mi reacción no hubiera sido la misma y entiendo perfectamente que algunos compañeros cómplices de esa noche, critiquen o no compartan mi empecinamiento, ya que según ellos, si no me llegan a frenar, la manada de mafiosos nocturnos, me podía haber hecho bastante daño. Pero a pesar de ello, no me arrepiento y lo volvería a hacer.

Qué significó ese momento? Más allá de la indignación que me provocó que uno vigilantes de seguridad privados de un local nocturno, que como mucho tienen que velar por la seguridad de su local, vinieran a echarme de la calle, a decirme que me fuera, a decirme lo que debo hacer, cuando ya estaba a una distancia considerable de su garito, más allá de la indignación que me provocó que estos señores se creyeran los amos de la calle y actuaran como si fueran parte del cuerpo de la policía local, más allá de todo esto, ese momento de pequeña rebelión cotidiana significó algo más, algo intangible que deja huella en el contador personal de las batallas vencidas. Porque a pesar de que finalmente me fui, porque al fin y al cabo, no me iba a quedar el resto de la noche ahí plantado, el mero hecho de plantar cara a quien se vanagloria de ostentar un poder sobre los demás, de plantar cara a quien no se espera que le planten cara, ya que espera que siempre le correspondan con actitudes sumisas, ya se puede considerar una victoria.
Ese momento significó en cierta medida, todo lo que estamos analizando en esta reflexión, significó, un decir “hasta aquí podíamos llegar”, un “por aquí no paso”, un “aquí estoy yo”, un no permitir que dobleguen mi voluntad, un no someterme a la autoridad, un boicot a la resignación, un no mirar hacia otro lado, ni agachar la cabeza como la avestruz como si eso no fuera conmigo, una vacuna contra el virus de la obediencia y un acto de plena vida en la cual te posicionas firmemente aquí y ahora y asumes el conflicto sin temor a las consecuencias.

En definitiva, como hablábamos anteriormente, tan solo se trata de un pequeño acto de rebelión cotidiana que te fortalece y pone las bases para un próximo acto de rebelión.

Y teniendo en cuenta la coyuntura social en las que estamos inmersos es muy necesario que vayamos nutriendo de momentos de desobediencia y rebelión en nuestro cotidiano para poder deshacernos del culto a la obediencia que nos introyectan desde todos los puntos cardinales, que se impregna en nosotros como una informe masa viscosa y que a veces llegamos a pensar que es parte de nuestro cuerpo.
Fue unos de esos momentos, que suceden en ese lugar donde se unen lo cotidiano, lo poético y lo político, por donde la vida cobra un sentido mayúsculo y por donde tanto me gusta merodear.

Dicen que los filósofos y los poetas (algunos más que otros) a través de sus palabras, tienen la virtud de interpretar los códigos internos que rigen nuestra vida, los cuales habitan en ese espacio común que todos compartimos.
De este modo, el poeta portugués, Pesoa, decía en unos de sus poemas: “…llevo en mi espalda las heridas de todas las batallas que he evitado…” y un ilustre pensador llamado Cioran decía que ”… la resignación es un suicidio cotidiano”. Así pues, siguiendo la estela de dichos pensamientos y haciéndolos carne en nuestra salud mental, cabe decir, que la resignación es el caldo de cultivo de la mayoría de las depresiones. Es uno de los ingredientes básicos de los que se nutre la depresión. Así que está en nuestras manos elegir que camino queremos seguir y en qué tipo de sociedad queremos vivir…

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