Gervasio o cómo el consumismo mata

Relato basado en hechos casi reales…

El señor Gervasio es una de esas personas de avanzada edad que a lo largo de su vida ha apostado por un transcurrir de austeridad y prudencia. Después de muchos años trabajando por cuenta ajena y otros muchos, dejando su esfuerzo en un negocio familiar, que actualmente regenta su hija Mari Carmen, ahora disfruta de su edad de oro gracias a su más que digna pensión, a algunos ahorrillos acumulados y al plan de pensiones que fue juntando como una hormiguita, en la misma entidad bancaria que su padre le abrió una cuenta, cuando apenas tenía tres años de vida.

Estas navidades el señor Gervasio, aburrido de tanta austeridad y cansado de ser tan comedido ha decidido tirar la casa por la ventana. Piensa entregarse abiertamente al consumo irracional y caprichoso. Estas van a ser unas navidades distintas se dice a sí mismo. Se siente generoso y con ganas de derrochar el dinero a diestro y siniestro. Ya ha vivido muchos años calculando hasta el último céntimo que gastaba y midiendo las consecuencias futuras de los posibles dispendios.

Así que los regalos de Navidad de este año van a ser como la orgía que nunca se pudo permitir durante toda su vida. Sin pensar y a lo loco: esta es la premisa bajo la que hoy ha salido a comprar a la zona más comercial de su ciudad.

Y ahí tenemos a nuestro protagonista yendo de tienda en tienda comprando sin parar entre la muchedumbre, el fuerte perfume de los ambientadores de algunas tiendas, el olor a incienso de otras y la estruendosa música que algunas gastan, que más que tiendas parecen discotecas.

Por estos agradables parajes del consumo navideño se mueve el señor Gervasio como pez en el agua. Está irreconocible, como si una sustancia rara, de esas que no superaría algunas pruebas de doping, corriera por sus venas. Ahora un regalo para su nieto, ahora otro para su nieta, otro para su bisnieto, un detalle para la portera, otro para su nieta que se la quiere mucho, otro detallito para la vecina del cuarto que muchas veces le da conversación en el ascensor, unos cuantos más para sus hijos, una tontería para el carnicero que le hace unas hamburguesas sin sal buenísimas…

Así se pasa alrededor de unas cuatro horas. No hay familiar por lejano que sea y años que haga que no lo ve, que se quede sin regalo. Ahora en esta calle, ahora en esta otra, ahora en un centro comercial, ahora en una tienda más hippie, ahora en una feria de artesanos. El Sr. Gervasio está fuera de sí. No entiende cómo ha podido vivir tantos años sin permitirse este placer que ahora está sintiendo. No se siente cansado, sino todo lo contrario, con más vitalidad y energía que nunca. No sabe cómo poner fin a este monstruo insaciable que ha despertado dentro de él. Se dice a si mismo que no va a comprar nada más, pero cuando vuelve a oler ese agradable perfume que emanan algunas tiendas no sabe contenerse y entra por si encuentra alguna cosilla que le pueda hacer gracia a una de sus sobrinas de Olite.

Finalmente decide poner punto y final a su éxtasis consumista. Más que nada, porque ya son más de las nueve de la noche y la mayoría de tiendas ya están cerrando. Ya seguirá mañana, piensa en sus adentros. Sin advertirlo, ha ido acumulando bolsas y más bolsas en sus envejecidas manos. Tantas que casi no puede con ellas. Entre bolsas, bolsitas y bolsazas, ya sean de plástico fino, plástico duro o de papel, debe llevar más de una veintena de bolsas repartidas entre las dos manos. Todo un espectáculo digno de ver.

Imagínense un octogenario caminando por una de las calles más comerciales de su ciudad con una veintena de bolsas entre las dos manos, mientras se oyen como las persianas de las tiendas van cerrando y los últimos compradores se apuran en conseguir sus más preciados objetivos navideños.
De repente, el Sr. Gervasio toma conciencia y cae en la cuenta de la gravedad del asunto. Como si el efecto del subidón de consumismo le hubiera remitido y ahora entrará en la fase resacosa del bajón. Se da cuenta que está aguantando más peso que el que su pobre cuerpo puede aguantar. Empieza a sentirse débil, siente que los brazos le fallan y que no va a poder aguantar ni una calle más con tanto peso, pero su orgullo aún no derrotado, se resiste a darse por vencido y pretende llegar hasta una de las calles principales que hay a poca distancia para coger un taxi que pueda salvar su dignidad y al mismo tiempo llevarle a casa.

A pesar de ello, duda de sus fuerzas. Siente que la gente le mira y eso aún le pone más nervioso. Ha pasado un chiquillo que se reía de él, mientras su madre le regañaba y le decía que no está bien, eso de reírse de la gente. Evidentemente la mamá riñe a su hijo, pero en ningún momento se plantea la posibilidad de ayudar a ese pobre hombre. También es cierto que llegados a ese punto, poca diferencia hay entre el Sr. Gervasio y muchas de esas personas que pernoctan en la calle y llevan consigo todas sus pertenencias ya sea fruto de la subsistencia o un agudo síndrome de Diógenes.

Un sudor frío empieza a resbalar por la frente del Sr. Gervasio, siente como sus manos no aguantan y que una de las bolsas está a punto de caérsele al suelo. Al final de la calle peatonal divisa un taxi libre estacionado. Esa luz verde le da fuerzas y a pesar de que una de las bolsas le está resbalando lentamente de las manos, empieza a ir cada vez más rápido. Toma fuerzas de dónde ya no las había y se olvida de que su cuerpo ya no podía más y que por muy verde que estuviera la luz del taxi, unos cincuenta metros, siguen siendo muchos metros, en según qué circunstancias y ésta es una de ellas.

La bolsa que le estaba resbalando de las manos, con la carrera hacia el taxi, también acelera su escurrimiento, hasta que sin llegar a caerle, acaba a la altura de sus pies, con tal mala suerte que pisa el plástico de la bolsa justamente cuando había cogido una importante carrerilla hacia adelante.

Así que el Sr. Gervasio tropieza con una de sus propias bolsas y cae al suelo. Es una de esas caídas que, el que la padece, la vive como si fuera a cámara lenta. Va viendo cómo va cayendo, que inexorablemente se va a dar contra el suelo, pero no puede hacer nada al respecto para impedirlo. En un primer momento, sus gastados per aún en cierto funcionamiento, reflejos, le dicen que tiene que poner las manos por delante para poder protegerse de esa irremediable caída, pero es imposible, ya que tiene las manos repletas de bolsas, que no suelta mientras va cayendo hacia el suelo, como si de un bloque de hielo se tratara.

El Sr. Gervasio, cuando se da cuenta que no va poder hacer nada por protegerse de la caída, en esas milésimas de segundo mientras va cayendo, apercibe que esa caída va a ir en serio, que las consecuencias no van a ser pequeñas y maldice la hora en que le dio por salir a hacer todas esas malditas compras.

Y es en el instante en que su cuerpo va cogiendo cada vez más velocidad y como un saco va acercándose peligrosamente al suelo en que toma conciencia de que su cuerpo no va aguantar. Su mente hace uno de esos rápidos cálculos, casi inconscientes, que nadie sabe cómo los hace, pero nunca fallan y cae en la cuenta de que el impacto que va a recibir su cabeza en el suelo va a ser tan grande que va a superar en creces la debilidad de su cuerpo e irremediablemente va a morir en el acto. Digamos que el Sr. Gervasio profetiza su propia muerte un instante antes de que llegara. Es protagonista de la crónica de una muerte anunciada, en este caso, la suya.

Y en efecto, así sucede. Al intentar acelerar para llegar al taxi, pisa una de las bolsas que llevaba en la mano y cae estrepitosamente al suelo, dándose un certero golpe en la cabeza que le provoca una muerte instantánea.

Se puede ver al Sr. Gervasio tirado en el suelo, con un sinfín de regalos que acababa de comprar rodeando su cuerpo y un hilillo de sangre saliéndole de la frente y manchando el pavimento de la calle, justo a cinco metros de un taxi con la luz verde encendida.

Nadie se preocupó de hacerle una autopsia al Sr Gervasio, pero si le hubieran hecho, claramente hubieran detectado, que este buen hombre había muerto, de un brote tardío de consumismo irracional. Ese fue el año, que la familia del Sr. Gervasio recibió más regalos. No hay mal que por bien no venga. Feliz navidad.

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Una respuesta to “Gervasio o cómo el consumismo mata”

  1. G. enero 2, 2014 a 12:20 pm #

    El més estrany és que no li passés abans això, jo ja estava patint al cinquè paràgraf!

    A més, crec que se’l pot considerar un heroi. Ha sobreviscut a les aglomeracions, a totes les armes químiques que es respiren per certs carrers comercials (ambientadors, encens, més ambientadors, colònies, més ambientadors…), als talls de circulació a les mans provocats pel sobrepès de les bosses de plàstic/paper/cartró/tela…, a la dislocació dels dits per intentar encabir-hi una altra bossa i, sobretot, ha sobreviscut a les llums epilèptiques i la música ensordidora (per no dir, torturadora) de les botigues.

    Sí, tot un heroi. Perquè el consumisme no només mata, sinó que tortura!

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